La autocensura como costumbre

la censura

The biggest prison of all is the fear of what people may think

Anónimo

No existe mayor sosiego para el poder que la corrección política generalizada y auto-impuesta.

La autocensura entre individuos

La autocensura generalizada

Es realmente fascinante ver como los múltiples mecanismos de estandarización institucionalizados, tales como la educación homogeneizadora, los mass media enlatados, las religiones dogmáticas y por supuesto la dualidad izquierda/derecha podan, desde la tierna ingenuidad, pasando por el día a día ad infinitum,  hasta la temida obsolescencia productiva, nuestra singularidad hasta reducirnos a meros autómatas programables; y al mismo tiempo, aterrador la manera en que las personas se auto-censuran las unas a las otras reprobándose, ridiculizándose e incluso insultándose al salirse mínimamente del guion preestablecido. La censura se ha socializado.

Hemos llegado a tal punto, en nuestra sociedad occidental contemporánea, en el que la necesidad de una represión institucional para mantener el statu quo se ha vuelto prácticamente irrelevante; ahora simplemente la celda física se ha transmutado en mental, generada por el temor a ser rechazados por el círculo familiar, por los amigos, incluso por la pareja debido a la dictadura de lo políticamente correcto. El ser humano no puede expresarse con libertad sin temor a ser ridiculizado, vilipendiando e incluso denunciado por los supuestos adalides de la verdad absoluta, esa realidad oficial esculpida a partir de flujos de información tan objetivos con son  los libros de historia, tan fiables como las teorías de la  ciencia moderna o de organismos tan independientes y desinteresados como son las noticias de actualidad de los medios de comunicación. Hoy en día nadie se cuestiona nada.

Cuestionar la realidad

La perseverancia como salvavidas

Estos guardianes del Santo Grial, que son multitud, están presentes en todas las clases sociales, son  independientes de las corrientes políticas, y no discriminan entre géneros, ni razas ni colores. Su cruzada se basa, por un lado, en la aniquilación de todo pensamiento discordante con su dogma de fe inoculado por medio de la burla, el insulto y el desprecio, y, por otro, en la concesión de ideas afines o autorizadas dentro las doctrinas aceptadas, tanto para el debate público como privado. Toda esta persecución a lo diferente, a lo disruptivo, al pensamiento lateral provoca un gasto de recursos y energía en discusiones  anodinas, absurdas, en cambiarlo todo para que no cambie nada, en el estancamiento en la mediocridad, en vez de la elevación del genio, o locura, según se mire; acentúa polémicas disparatadas, como por ejemplo la necesidad de cambiarle el nombre al congreso por diputados y diputadas, o de subir el salario mínimo 20 euros (o eran 50 en ¡un año!); al mismo tiempo que desecha temas tan trascendentales  como la robotización del trabajo, la necesidad de un sustento básico universal, o el problema de la creación del dinero en manos privadas. La banalización de los contenidos se vuelve global y multiplataforma.

Las conciencias heterogéneas que no se conforman con el pan y circo, que huyen  despavoridas de la masa infecta de propaganda  y entretenimiento vomitivo, saben en el fondo de su alma que el sistema falla, que está irrealidad es absolutamente injustificable, pero se sienten perseguidos, ninguneados y solitarios, rendidos hasta el punto de buscar refugio en un mundo paralelo interior, de cual solo se ausentan temporalmente, envueltos en el  disfraz de lo mundano, por necesidad de subsistencia. No comparten su sentido común, más afinado que el de la mayoría,  esconden sus creaciones en el cajón del olvido y  con el paso del tiempo su ánimo y confianza se van erosionando a causa  de un influjo incesante de indiferencia e incomprensión. La mayoría se acaba fundiendo con la banal hasta desaparecer como una gota en el océano. Se necesita de un tesón constante, de una perseverancia formidable y de un amor incondicional al lado  para seguir fiel a uno mismo.

La auto confianzaSomos esclavos de nuestros principios

Los grandes avances en la historia de la humanidad se deben a  perturbaciones prodigiosas, personalidades excéntricas, inconformistas, valientes hasta la locura, tenaces hasta la saciedad, firmes en sus intuiciones, cuyo ingenio y habilidad generan innovaciones  tan disruptivas que causan pavor y miedo al establishment de cada época. La destrucción creativa genera pánico entre los poderosos, las nuevas ideas no son bienvenidas porque deshacen lo establecido y permiten que se abra un abanico de nuevas oportunidades para evolucionar, para prosperar. Redistribuyen el poder, los recursos y resquebrajan los oligopolios ya asentados. Es de vital importancia que desde la educación se premie lo heterogéneo, el espíritu crítico, el pensamiento lateral, el porqué de las cosas, que se enseñe a valorar y respetar lo original, los distinto, y se deje de lado la memorización sin sentido y la comparación constante. Los traumas más  profundos provienen de la infancia; son barreras ilusorias que no permiten que el ser humano alcance todo su potencial.

Estamos en una época de estancamiento político, económico, social e incluso espiritual, en la que el modelo socio-económico ha fracasado estrepitosamente; pero increíblemente,  el establishment se sustenta, por un lado, artificialmente a base de entidades zombis, condiciones laborales cercanas a la esclavitud, la destrucción exponencial del planeta y medios de comunicación  cómplices, y por otro, tristemente por un ego personal desmedido y unos  prejuicios alimentados por unas creencias incrustadas en nuestra psique desde la niñez, las cuales no nos permiten ver más allá de nuestro ombligo. Somos esclavos de nuestra propia ideología y de nuestros vecinos, una celda por dentro y por fuera. O dejamos caer los pilares que sustentan a la bestia, o ésta nos devorará sin compasión.