El apogeo de los falsos ídolos

Le hacedor de máscaras

La crítica es el ejercicio del criterio: destruye los ídolos falsos, pero conserva en todo su fulgor a los dioses verdaderos

José Martí

Es muy probable que en ninguna otra época como en esta sinrazón en la que nos encontramos hoy en día haya existido una exaltación tan desmesurada de lo banal y chabacano. Los campeones contemporáneos venerados  en la actualidad nada tienen que ver con los heroicos conquistadores de antaño, los intrépidos exploradores de nuevos mundos o los maestros artistas recreadores de lo divino en lo terrenal.

Muy a nuestro pesar se han transformado más bien en zafios personajes de la farándula más casposa que se vanaglorian de su incultura, en falsos intérpretes cuyas composiciones relatan sus experiencias más transcendentales denigrando al género opuesto, o incluso en aspirantes a político replicándose como cucarachas en los puestos más elevados de poder jactándose de su incompetencia incapaces de articular dos frases seguidas sin tener que leerlas con antelación. Los falsos ídolos no han caído en decadencia, sino que se han elevado a su máximo esplendor.

La generación de lo inmediato

la opulencia

Primero fue el Baby Boom, luego vinieron la generación X e Y, para acabar dando paso a la actual Z. Una sociedad zombificada  enganchada a los teléfonos móviles y a las redes sociales, incapaces de reprimir sus instintos de consumo  alimentados por un bombardeo invasivo e ininterrumpido de eslóganes facilones y persuasivos. No es culpa suya, el entorno que los rodea ejercer una atracción demasiado intensa capaz de embelesar las mentes más resistentes. El mundo interconectado no da tregua, todo se reduce a extraer un rédito de cada segundo gastado, de cada click pulsado.

A la generación de lo inmediato solamente le interesa estar entretenida, embebida en realidades virtuales. No le estimula la lectura, no disfruta de un provechoso intercambio de opiniones con sus allegados, repudia cualquier forma de contemplación o meditación, no trata de reflexionar sobre los  estímulos  externos que le asaltan a todas horas. Simplemente los engulle, sin masticar, sin filtrar. Los incorpora en su torrente sanguíneo permitiendo que éstos actúen a su libre albedrío como anticuerpos enfurecidos batallando  contra el virus de la cruda realidad, esa que refleja un falla interior. Un gran vacío similar a un gran agujero negro que succiona todo lo que encuentra a su alrededor, pero que nunca se llena por completo.

El mundo fantástico de los falsos ídolos

la sociedad artificial

Vivimos en el mundo de lo aparente, de lo material, de los valores superfluos. Nos han educado para seguir sin vacilar los dictados de lo que se presupone que tiene que ser un buen ciudadano.Nos han  adiestrado a no cuestionar las figuras de autoridad, para no someterlas a la inquisición de la razón.

Existe un fundamento psicológico denominado el Principio de Autoridad, el cuál inoculado desde la tierna infancia nos predispone hacia una docilidad y una sumisión propicias para la sugestión y la servidumbre. Esta  regla se basa en los atajos que explota nuestro cerebro  para no inundar nuestra mente con mensajes juiciosos repetitivos que acabarían por colapsarla. Simplemente se basa en la premisa básica que para un sujeto identificado como una autoridad en alguna materia,  nuestro inconsciente va a ser más proclive a validar su discurso y comportamiento. Mecanismo de sobra conocido y explotado por el establishment.

Se usan supuestos expertos, ya sean personas, instituciones o soportes de comunicación, afines a ciertos ideales o debidamente financiados con el fin de seducirnos sobre cuestiones beneficiosas para sus intereses, y así modificar nuestros patrones de conducta y, por ende, de consumo. De esta manera consiguen bloquear nuestro sentido común y persuadirnos de que somos demasiado ignorantes como para pensar y tomar decisiones por nosotros mismos.

Nos inducen a modificar nuestra alimentación en favor de productos prefabricados sobre los productos naturales, como la guerra entre los azúcares refinados y las las grasas animales;  a ingerir suplementos alimenticios sin los cuales nuestro organismo colapsaría e implosionaría y, sin embargo, éstos solo complementan las carencias de lo que ellos mismos suministran; a adquirir hábitos de vida más ventajosos cuando éstos tienen un trasfondo puramente económico, como por ejemplo, la existencia de deportes más eficientes, menos lesivos y mucho menos costosos  que el running o las máquinas del gimnasio. Se han radicalizado los estándares de belleza hasta tal punto que el paradigma femenino es el de una mujer que se alimenta a base de batidos de flores y césped, cuyo peso se mide en metros cúbicos de silicona, y el masculino en enormes orangutanes musculados sustentados por la ingesta de proteínas en polvo que  sudan anabolizantes. Como vemos, todo muy real, sano y natural, como esta vida misma.

El Efecto Halo

Existe otra falla bien conocida de nuestro comportamiento racional, siendo ésta la fuente de muchos de nuestros juicios de valor cotidianos. Son automatismos de la psique de los cuales no hay que avergonzarse, pero sí cuidarse de ellos y analizarlos de una forma consciente. Se trata del Principio de Atracción , y tiene que ver con el denominado efecto halo, por el cual una característica de un objeto o la percepción de un rasgo en un persona se ve directamente e inconscientemente influida por elementos suyos anteriormente asimilados; el continente esculpe el contenido.  Esto se traduce en que nuestro cerebro está más predispuesto a dejarse embelesar por individuos u organizaciones afines a sus gustos, que no por los  que le generan un cierto rechazo.

Esta atracción tiene que ver con la apariencia externa, el atractivo, el status social, las posesiones materiales, atributos y valores que nuestro  inconsciente lo asocia con la honestidad, el éxito, las buenas intenciones. Una grieta enorme hacía nuestra maquinaria de toma de decisiones explotada de forma magistral a fin de de alienar mediante modelos de conducta  interesados e iconos farsantes  generadores de tendencias  a las personas y, además,  impedir su progreso tanto material, mental como espiritual. Únicamente la crítica consciente y despojada de toda ideología puede liberar la mente del velo de la ilusión del mundo moderno.