La desconexión interior

El mundo interior

Todo es relativo en este Universo; todo es ilusión. 

Anónimo

Es realmente sorprendente como en la época del internet de las cosas, de la interconexión digital  exista tal desconexión entre el consciente y los planos interiores del ser humano.

En occidente estamos tan imbuidos en los estímulos que provienen del exterior que aceptamos como única realidad el mundo manifestado superficial, o  dicho de otra forma, las señales recogidas desde nuestros cinco sentidos que son procesadas por nuestro cerebro, el cual, como todo elemento físico, tiene capacidad limitada, tanto de procesamiento como de almacenamiento. Y además, bien es sabido que completa con información de cosecha propia los lapsus internos debido a sus limitaciones ya mencionadas. Nuestra vida occidental se ve limitada a lo aparente, a lo ajeno, a lo procesado.

Un subconjunto de la realidad

El mundo es una ilusión

Se podría decir entonces que nuestro mundo es un subconjunto de la Realidad; existe la Verdad Absoluta, lo que Es por sí mismo, y luego lo que el individuo percibe, lo cual es una porción de lo que Existe, acotada y distorsionada   por la limitación de nuestras capacidades sensoriales y cognitivas. ¿Entonces, qué grado de certeza tiene nuestro submundo sensorial  respecto al real, o respecto a los de otras especies? Y más aún   ¿acaso la realidad que percibimos es igual a la de un gato, por ejemplo? ¿Quién percibe la Existencia de forma más acertada, nosotros mediante nuestros sentidos, o el murciélago gracias a su ecolocalizador? Algún conocedor del Platonismo argumentará que nosotros entendemos mejor el mundo que un gato o murciélago debido al hecho que reconocemos entidades físicas como conceptos, provenientes del emplazamiento donde habitan las ideas, como por ejemplo  una silla cualquiera, una estrella fugaz o un coche descapotable, y el resto de los animales no.

Pero acaso no es verdad que son meras creaciones, o proyecciones, humanas, totalmente innecesarias e incongruentes para el mundo animal, vegetal, mineral o incluso atómico? Nuestro coche para un murciélago no es más que un simple obstáculo que evitar, o para el gato una mera atracción o refugio para el frío. Los humanos hemos adaptado el entorno percibido a nuestras necesidades y arquetipos heredados o adquiridos, exactamente igual que el resto de las especies. Un automóvil, como concepto de vehículo de transporte, solo existe en el submundo humano, pero no para el del animal, en cambio,  un sonar es mucho más preciso como reconocedor del entorno que nuestro sentido de la vista y oído juntos. ¿Diríamos entonces que el contexto del murciélago está más próximo a la Verdad que el nuestro?

Se puede argumentar entonces que cada ser perceptivo entiende porciones del mundo físico que otro de una especie distinta, o incluso de la misma, no llega advertir, y por eso mismo, todas las cosas que sentimos y percibimos poseen tan sólo un valor relativo y no absoluto, puesto que la apariencia que el noúmeno oculto asume para cualquier espectador, sea de la naturaleza que sea, obedece solamente a la capacidad de su poder de cognición. El ser humano, para progresar y evolucionar, debe expandir su consciencia a través del plano físico hacia otras realidades superiores.

La introspección como método de aprendizaje

Expande tu mente

No es posible alcanzar un estado de consciencia superior valiéndose de los cinco sentidos tradicionales, de hecho conviene desconectarlos por completo para adentrarse en el universo interior. Nuestro cuerpo físico es el primer afectado de nuestra indolencia introspectiva. Éste nos bombardea constantemente con señales sobre su estado de ánimo, sin embargo, éstas son demasiado sutiles para  ser detectados por nuestra percepción sensorial occidental. Hemos perdido esa facultad de saber escuchar a nuestra envoltura, de saber reconocer el problema antes de que suceda,  hasta que esos mensajes de estado periódicos se tornan alarmas bajo la forma de dolor y enfermedad.

En la China tradicional, el sentido de la medicina era el opuesto al de occidente, solamente se pagaba a los médicos cuando uno estaba sano, porque el enfermar era sinónimo de una labor defectuosa y deficiente. Gozaban de una visión preventiva en lugar de curativa. Estos artesanos de la salud escuchaban  al cuerpo del paciente para mantenerlo sano y que no enfermara, trataban la causa y no el síntoma, al contrario de la farmacología moderna. Si prestáramos atención a las leves alteraciones de nuestro plano físico, obtendríamos la información necesaria para suministrar un tratamiento adecuado antes de que éste enferme. Supone un esfuerzo cotidiano, constante y minucioso,  como el aseo diario; es un cambio de paradigma, el cual se interpone entre demasiados intereses enfrentados.

Al igual que el cuerpo nos reporta sobre su estado fisiológico,  éste, desde otro plano, es también capaz de hacer llegar a nuestra conciencia, de forma muy sutil y espontánea, bypasseando a la obstinada razón, la claridad absoluta sobre todas las cosas, esto es la denominada intuición, o clarividencia. Dicen los antiguos que la intuición, al igual que el sentido común o primario, es lo único que le queda de divino a nuestra alma en el plano material, hasta que se libere por completo de sus cualidades adquiridas y vuelva a ascender a los cielos.

Estos sentidos excepcionales necesitan de una lucidez y templanza previa para poder ser percibidos, un trabajo previo que la cultura occidental ha abandonado. La intuición se manifiesta  en situaciones muy concretas, consciente o inconscientemente, para asistirnos en la toma de decisiones transcendentales que nos orientan por el camino adecuado; es la forma que tiene nuestro Yo superior de comunicarse con el Yo inferior. Todo individuo debe encontrar su camino hacia ese espacio primordial donde habita  la fuente de conocimiento verdadero, para poder evolucionar al mismo tiempo como  ser individual y entidad interconectada.