El culto al Ya

El tiempo se escapa

Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor. 

Samuel Beckett

El tiempo lo condiciona todo. Su ubicuidad le permite ejercer su influencia sobre todo ser animal, vegetal o mineral; cada partícula de materia  se ve afectada por su influjo. Es a la vez deseado y temido por todos,  despacha desinteresadamente a cada ente animado un fragmento de su esencia para que éste la administre a su libre albedrío; todos ambicionan su bendición, pero nadie es lo suficientemente digno. Es el mayor regalo que le han concedido al ser humano,  finito e irrecuperable, cada uno es exclusivamente responsable  de cómo consumir el que le han otorgado. Todos estamos sometidos a su potestad, a sus reglas inamovibles, a su influencia  inflexible y contradictoria, a cada instante nos consumimos y a la vez nos acercamos más a la Sabiduría.

Por todo esto los occidentales lo deseamos, lo buscamos insaciablemente, lo veneramos hasta el agotamiento, exhaustos por cuadrar los tiempos marcados por la sociedad artificial en la que subsistimos. Nos hallamos en un conflicto constante entre las obligaciones derivadas de la vida en sociedad y nuestras apetencias individuales, anhelos  o  deseos; entre el deber y el placer.

Una fricción constante

Todo enfrentamiento genera una fricción, un estrés diario que poco a poco se va introduciendo primero en la psique consciente hasta integrarse por completo en el subconsciente, formando un Uno  con el sujeto convirtiéndose en el estado natural del mismo. Esta ansiedad inherente crónica nos persigue allá donde vayamos, en el día a día en asuntos laborales, en los compromisos diarios con los allegados o incluso en esos pequeños momentos íntimos con hora de caducidad. Nos afecta a todos los niveles, en el plano físico con taquicardias, erupciones cutáneas, infecciones provocadas por bajadas de defensa o incluso desequilibrios alimenticios; en el plano mental se manifiesta por un mal humor persistente, una frustración continúa y una sensación de incapacidad o bloqueo; hasta llegar al emocional, depresiones, disgustos y todo tipo de sentimientos de culpabilidad. Nada resiste eternamente a una fricción constante, al final todo se acaba quebrando.

El estrés contrario a estado de relajación

la prisa mata

La prisa es su efecto inmediato, así como dicen en la África Magrebí, la prisa mata. No existe mayor sabiduría contenida en tan pocas palabras. Lo hace poco a poco, a su ritmo, en pequeñas dosis inoculadas diariamente, nos volvemos adictos a ella de forma natural, es la única forma de cumplir y sentirse vivo al mismo tiempo, de aliviar la sensación de que el tiempo se escapa constantemente de entre los dedos, demasiado volátil.

Pero por desgracia, no es una percepción irreal, sino la realidad del entorno que nos rodea. No existen horas suficientes al día para abarcarlo todo, y llega un momento en el que hay que elegir qué preferimos sacrificar, si nuestro Yo exterior o el Yo interior, saciar la sed por el éxito, de distinción personal, mejorar el estatus social, el reconocimiento externo, o por el contrario, cultivar las relaciones personales, cuidar el plano corporal, mental e incluso espiritual, la labor social en oposición al  trabajo, cooperar afuera y competir adentro. Es arduo complicado encontrar el equilibrio, el punto integrador y equidistante al mismo tiempo.

La prisa mata

La fuga del instante presente

Esta disputa incesante nos genera  insatisfacción, y ésta a su vez una ansiedad que desencadena la búsqueda de placeres inmediatos, la persecución de la gratificación instantánea, sin esfuerzo, sin pausa, del consumo acelerado de bienes y servicios que estimula y mantiene el modo de vida tóxico que nos han impuesto. El soma de nuestro mundo (in)feliz, la heroína de nuestra cruzada diaria.

Los seres humanos nos convertimos en máquinas impacientes, incapaces de tomarnos un segundo para pensar, relativizar, sentir qué es que nos pide el cuerpo, qué es lo que realmente necesitamos. Vamos con el piloto automático tomando decisiones apresuradamente que afectarán tanto a nosotros mismos como a la gente que nos rodea sin haberlas meditado con antelación. Esta frustración constante nos desconecta de nuestro mundo interior y del momento presente, ya no vivimos en el instante, como los animales, sino que nos sumergimos tanto el pasado,  cuestionándonos y culpándonos de decisiones y hechos ya acontecidos, como en el futuro, agobiados por el desenlace de ese hito que aún no ha sucedido o de terminar lo antes posible la tarea actual para empezar con la siguiente. La desesperación por conseguir esos segundos de más desvirtúa el concepto de espera, pausa y sosiego en algo perjudicial, en un obstáculo que circundar. Estas demoras, inevitables, nos generan estrés, mal humor, sentimientos de irritabilidad, sensaciones que nos  obligan a fugarnos del presente para enmendar el pasado alterando el futuro.

El pasado, presente y futuro

Cultura de rendimientos inmediatos

En el credo de la rentabilidad, donde la productividad es la Palabra y el neoliberalismo su evangelio, no existe lugar para la perseverancia, para el tempo natural de las cosas,  solamente importa la producción por horas de esfuerzo. La competencia descarnada de este pseudocapitalismo recorta día tras día  los costes unitarios para ser más eficientes, más rentables. Filosofía de mercado para la cual  la calidad del producto o servicio junto con la satisfacción del cliente no es la causa final, sino que ésta es más carnal, más mezquina, se trata de la ganancia por encima de todo.

El rendimiento inmediato, el regocijo instantáneo nos hace olvidar que lo verdaderamente importante no es el destino, sino lo que se aprende durante el camino, la felicidad duradera y auténtica de la constancia, de la superación personal, de la competencia con uno mismo, de la consecución de los objetivos a largo plazo, de los sueños cumplidos. Recuperemos el arte de sembrar para luego recolectar, en vez del pan para hoy y hambre para mañana.