La contradicción permanente

La contradicción permanente

La paz viene de dentro. No la busques fuera.

Buda

Lo seres humanos ya no somos nosotros mismos. El cúmulo de reglas sociales, de miedos infundados, el correctismo político nos suscita una disociación entre nuestro Yo interior y el Yo exterior, un desajuste entre planos que desencadena todo tipo de patologías, desequilibrios e infelicidad. Cualquiera que haya tenido la  tremenda suerte de haber compartido su tiempo, como compañeros de aventuras  y confidentes, con esos seres tan extraordinarios como son los animales entenderá la irresistible belleza de vivir el instante en concordancia con la esencia propia, sin resentimientos ni rencores, sólo amor y pureza. La felicidad se fundamenta en ser Uno consigo mismo, para así poder irradiar esa armonía al resto.

La incoherencia entre planos

Existimos en una contradicción permanente, donde nuestro distintos planos de realidad coexisten en desacuerdo. El corporal sonríe por compromiso, al mismo tiempo que el emocional se pliega afligido, apesadumbrado, mientras nuestros pensamientos están imbuidos en las eventualidades de un futuro incierto desatendiendo las circunstancias del momento presente, del ahora, es decir, del transcurrir de la vida. Una constante en tiempos modernos en la que no existe cabida para la introspección reconstituyente, para la meditación fortificante.

Estos desequilibrios crean distorsiones en cada estrato de existencia, de cuyas deformaciones se desprenden residuos que van cayendo, como copos de nieve, a través de los planos inferiores hasta apilarse sobre el más próximo a nuestro entendimiento, el mundo físico. Esta acumulación de tensiones se ve reflejada en multitud de manifestaciones en nuestro organismo. Es la forma que tiene el cuerpo de expresarse, de advertir a la mente de la existencia de un problema, de una disonancia que se está exteriorizando en un órgano en concreto. La sintomatología aparece de una forma leve, sutil, siendo  las erupciones cutáneas, los herpes labiales o el insomnio su manifestación  más probable. Sin embargo, mientas los estados alterados se mantengan excitados a lo largo del tiempo, o inclusive acentuándose, los síntomas tenderán a agravarse ocasionando enfermedades cardiovasculares, crónicas, autoinmunes o incluso cancerígenas. El cuerpo no es más que una proyección de la mente, su sombra en el plano físico. Escúchale y te hallarás a  ti mismo.

Las secuelas físicas de las emociones

Las distintas emociones

Los antiguos eran guardianes de una gran sabiduría. Entendían que cada órgano representaba una emoción ejerciendo de epicentro físico de sus emanaciones. Éstas se manifiestan en lo corpóreo mediante un cúmulo de reacciones químicas, a la par que activando la segregación de diversas sustancias que terminan por afectar a nuestros diversos sistemas corporales. En esencia, existen siete emociones principales reconocidas en Oriente como las causantes de los desórdenes fisiológicos, siendo las siguientes:

  • Miedo
  • Ira
  • Alegría
  • Tristeza
  • Conmoción
  • Amargura
  • Preocupación 

Cada una  de ellas es capaz de estimular ciertos órganos e inhibir otros tantos. La primera  ejerce su recelo sobre los riñones; la Ira sacudiendo al hígado como si de un saco de boxeo se tratara, por el contrario, la Alegría alienta y ensancha al corazón más encogido; la Tristeza empequeñece a los pulmones hasta ahogarlos; la Conmoción noquea de un directo a los riñones y ,por último, la Preocupación ofusca tanto al bazo como a  los pulmones hasta oprimirlos por asfixia.

Es del todo normal experimentar emociones, incluso saludable, eso es lo que nos hace humanos y sentirnos vivos, pero cuando éstas se descontrolan convirtiéndose en huracanes destructivos, pueden causar graves secuelas irreparables al cuerpo físico. Por esto mismo las civilizaciones antiguas trataban las enfermedades no solo como un síntoma derivado de un problema físico, sino como un todo, es decir, el conjunto completo del cuerpo, plano emocional y mental. El individuo es una armonización de distintos planos interconectados, si uno enferma, los otros se resienten.

La triple coherencia

El triángulo equilátero de la coherencia

La coherencia es una necesidad vital, está íntimamente ligada tanto a nuestro bienestar corporal, como al emocional y al mental. Nuestro  sentir (sentimientos), nuestro pensar (inteligencia) y nuestro  hacer (voluntad) tienen que estar alineados en una misma dirección creando un triángulo equilátero perfecto. Si faltara el primero, nuestro carácter se tornaría tosco, insensible, indolente, carente de empatía, desconectaríamos el área afectiva de nuestro Yo dando lugar a posibles psicopatías. En segundo lugar, si fuera la inteligencia la omitida, volveríamos al estado animal, simples esclavos de nuestros instintos más básicos, acción y reacción sin filtro, seres irracionales e impulsivos. Por último, una carencia de voluntad para consumar nuestras decisiones nos convertiría en seres indiferentes, apáticos, resignados a nuestras chanzas, de poco valor para el resto y una continua decepción para nosotros mismos. Si conseguimos enfilar estos tres principios hacía un mismo camino, éste nos guiará hacía el equilibrio, la armonía y la belleza.

El NO como síntoma de autoconfianza

La asertividad

Un método igual de eficaz que de popular para encauzar de una manera óptima la congruencia entre lo que uno piensa, lo que uno siente y lo que uno hace se denomina la actitud asertiva. La asertividad se basa en la concienciación de que todos los seres humanos tienen los mismos derechos, no hay ninguno que esté por encima de otro, independientemente de su posición social, racial o religiosa. Todo individuo tiene la legitimidad de defenderlos, de una forma proactiva respetando las opiniones contrarias de los demás.

Se fundamenta como un método de comunicación verbal y relación interpersonal para transmitir el desacuerdo de una opinión, de una sugerencia incluso de una orden, sin agredir ni someter la voluntad del interlocutor. El poder decir NO de una forma natural, con la libertad y la confianza en uno mismo, para así poder limitar, o anular, el sentimiento típico de impotencia, de rabia, de  ansiedad provocado al no encontrarse nuestros actos alineados con sus homólogos los pensamientos y sensaciones; la frustración de no poder ser quién uno realmente es.

El déficit de esta cualidad está relacionada con la falta de autoestima, de confianza, con la sensación de inferioridad  respecto a otras personas, incluso con personalidades capaces de aceptar de buen grado un estado continuado de sumisión. Es fundamental el ejercicio activo de esta práctica e intentar asimilarla en nuestra psique como requisito inherente a ella, tanto para el crecimiento propio personal como social. La coherencia del Yo,  es decir, sentir, pensar y actuar remando en la misma dirección nos aproxima a nuestra esencia. ¿Cuántas personas, de tanto decir sí, habrán dejado de ser ellas mismas?