El pesamiento como causa primera

El pensamiento sereno

El pensamiento no es más que un soplo, pero este soplo remueve el mundo

Victor Hugo

Una de las expresiones de la fraseología contemporánea más usadas en nuestra sociedad occidental dice así: “No hagas lo que no te gustaría que te hicieran a ti”. Un mensaje conciso que encierra una gran moraleja, sin embargo, se queda en la mera superficie, se trata sin más de una consecuencia de algo más profundo.

¿Qué hay de la palabra, acaso ésta es menos lesiva que un hecho físico? ¿No es el uso del lenguaje otra modalidad para poder agredir, humillar o desprestigiar a un individuo? Quizás deberíamos empezar a tomar conciencia de que las frases que articulamos son igual o más dañinas que cualquier acción no verbal que acometemos.

El daño emocional se caracteriza por ser penetrante, profundo y duradero, en contraposición al físico en general, siendo éste temporal y superficial. Aun así, para llegar a la raíz del problema, hay que adentrarse un poco más en lo profundo, en un plano distinto al material, donde, aparentemente, todo es etéreo y la materia ni se crea ni se destruye, pero tampoco se transforma ¿O sí? La pregunta clave sería ¿Quién o qué origina ese acto, esa acción verbal? ¿Cuál es su causa primera? ¿En qué plano opera?

¿Quién es la causa primera?

Dicen que Dios creo el mundo con su primer pensamiento, y su Palabra es el conjunto de todas las leyes conocidas y por conocer que rigen el universo y nuestra existencia. Independientemente de las creencias de cada uno, lo que sí se conoce a ciencia cierta es que la causa primera de toda acción consciente del ser humano se basa en una idea, un concepto, un pensamiento. Por lo tanto, si conocemos la fuente primordial,  por qué no reformular el axioma dirigiéndolo a un plan superior: “No pienses lo que no te gustaría que pensaran sobre ti”.

 A primera vista, una reflexión parece inocua si ésta no desencadena toda una serie de efectos colaterales hasta su manifestación en el plano físico, ya sea en una frase, un gesto lúcido, o incluso involuntario, u otro tipo de acto. Simplemente asumimos que esa introspección se ha quedado en el plano de las ideas y no ha transcendido al material, y por lo tanto, no ha tenido impacto en él.

Sin embargo, sus efectos no tienen por qué ser inmediatos, incluso podría mezclarse con otros modelos mentales hasta producir una creencia o un juicio de valor, para así acabar enquistándose en nuestra esencia hasta fundirse con ella. El ser humano necesita examinar el fundamento de su raciocinio para comprender los hitos de su camino, esto es, las huellas de su pasado, la naturaleza de su presente y la perspectiva de su futuro.

El pensamiento positivo

¿Por qué surgen los pensamientos espontáneos?

Ahora que conocemos el quién, deberíamos trasladar nuestra inquietud al origen, a la causalidad real, del fruto de nuestra mente, al porqué. ¿Por qué pensamos lo que pensamos? ¿Son creaciones nuestras o acaso existe un ente que los genera? Tanto la Filosofía como al Ciencia acercan posturas sobre la entidad de este productor incansable y autónomo de cavilaciones, unos lo llaman el Yo, otros el Ego, pero sin duda alguna es la misma existencia abstracta.

El Ego (o el Yo) es la personalidad ficticia que ha creado nuestra mente para relacionarse y sobrevivir en el mundo material que nos rodea. Se trata del nombre que nos han asignado junto con sus cargas vinculadas, de nuestra educación impuesta, de los recuerdos de nuestras vivencias, tanto lo que aparentamos como lo que nos gustaría ser. Pero no es nosotros, no es nuestra esencia; ésta es nos es inherente desde el nacimiento, eterna, pero a veces demasiado silenciada y ocultada  como para tomar las riendas.

El Ego se alimenta de nuestra creencias, de nuestros prejuicios, de nuestros traumas, de nuestras heridas que no han cicatrizado. Es un mecanismo de autodefensa muy eficaz que nos retroalimenta de razón y de justificación, y nos aleja  de la humildad y del perdón. Como bien hemos observado, se nutre de elementos ajenos a nuestra verdadera naturaleza, de las creencias que nos vienen  autoimpuestas, del dolor que nos angustia, de esos complejos legitimados desde el exterior que nos mortifican y nos ciegan.

Tenemos que tomar conciencia de su influjo, así como de su independencia; es un anexo a nuestro ser, y por lo tanto debemos considerar si hacerle partícipe de nuestra decisiones, o no. Buda dijo que la mente lo es todo. Lo que piensas es en lo que te conviertes. ¿De verdad queremos ser dolor, falsedad y esclavos de un tercero?

El ego es el enemigo

¿Hacia dónde nos conduce el Ego?

Un pensamiento se convierte en un hábito, el conjunto de estos  en una personalidad, la personalidad lleva a la toma de  decisiones,  las cuales se convierten en actos cotidianos, y éstos últimos esculpirán tu destino. El camino de los individuos, y por extensión, el de la raza humana,  no puede estar supeditado al miedo, al sufrimiento, a la soberbia, al Ego. Todo eso lleva a odio, a la ira, al conflicto.

Por eso mismo es de suma importancia, desde una introspección consciente, entender qué pensamos, quién lo origina y por qué; y al adquirir la suficiente destreza en analizar y filtrar  nuestras acciones se orientarán cada vez más hacía el beneficio común (tanto personal como colectivo) y se harán menos nocivas.

Es inevitable el bombardeo incesante de reflexiones a lo largo del día, no se puede luchar contra ello, de hecho, cuanta más fricción con el Ego, más agitado estará; sin embargo, sí que podemos rectificar nuestra  actitud respecto a él,  aceptar su existencia junto a nosotros, agradecer su creatividad, su insistencia y abrazar su fuente inagotable de delirios de grandeza. Es nuestra creación y siempre nos va a acompañar allá donde vayamos, pero es nuestra responsabilidad darle la importancia que tiene, y no sucumbir a sus encantos, a su satisfacción inmediata. Cuida tus pensamientos, y estos cuidarán de tu destino.