La paradoja del coste cero

El mundo bajo Matrix

La tecnología no es el enemigo, sino más bien la mente que la controla.

Anónimo

El ser humano vive aletargado, incapaz de percibir los síntomas de las tragedias venideras para así anticiparse a su efectos devastadores. Así como los animales huyen del cataclismo antes de que suceda, la humanidad se ha habituado a actuar siempre a remolque de las consecuencias, tratando la enfermedad en lugar de prevenir su aparición.

Cuando el sistema que sostiene el castillo de naipes se mantiene estable, a pesar de su artificialidad manifiesta, de sus efectos colaterales visibles a tiro de piedra o incluso de sus antecedentes nada alentadores, nos auto-engañamos evadiéndonos de la realidad al desoír, sin siquiera reflexionar, las voces discordantes. Una costumbre muy humana la de negar la realidad que nos rodea para sentirnos protegidos. El Hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.

La crítica a juicio

La caja tonta de la basura

La duda no es bienvenida. En la Era de Conocimiento Exprés, todos nos creemos omniscientes, poseedores de un saber absoluto. Para cualquier cuestión a tratar, una búsqueda instantánea en la red y asunto resuelto.  Saciamos tanto nuestra curiosidad innata como  nuestro Ego de información inmediata y superflua, totalmente segmentada e interesada. Nos despreocupamos en ejercer una postura crítica, simplemente aceptamos como verdaderos los postulados que se ajustan a nuestros prejuicios e ideologías. Es más cómodo vivir dando por sentada una realidad -un compromiso ya adquirido- que responsabilizarse en reflexionar si es veraz e idónea. La sociedad, acomodada,  ha sucumbido a la desidia intelectual y, aún peor, a la Soberbia.

Enjuiciamos a los críticos del establishment como alarmistas interesados o falsos profetas con afán de protagonismo. Sin embargo, en el momento en que la hecatombe finalmente se manifiesta arrasando, de un día para otro, todo nuestro pasado, presente y futuro, ahí es cuando empezamos a cuestionarnos  si nuestro estilo de vida es el adecuado, las razones de las crisis sistemáticas, si el mal es endémico o era evitable, o si, en definitiva, es necesario un cambio de paradigma.

Nuestras plegarias reciben respuesta de los ilustrados más devotos, proclamando que las crisis son ciclos inherentes de un sistema imperfecto y males necesarios para una prosperidad futura, ya que no existe otra forma más óptima de progreso que la desregularización globalizada. Aturdidos por el trauma, nos arrojamos en cuerpo y alma en busca de un Salvador,  aceptando su fe como si de la palabra de un profeta divino se tratara. Estos predicadores del  Capital, en parte, tienen razón,  así como la Naturaleza misma, el Capitalismo no escapa al influjo de las tres leyes cíclicas, siendo éstas la generación, la conservación  y, por último, la destrucción.

El afán del coste cero

El coste cero

Pero a diferencia de nuestra Madre Tierra, este último principio destructor no es regenerativo, como cuando la serpiente muda de piel, o la crisálida eclosiona en una mariposa, sino todo lo contrario, degenera en un estado rebajado del anterior, una involución imparable.

El afán del sector empresarial e industrial de rebajar los costes de los procesos productivos conlleva la suplantación de seres humanos por una inteligencia artificial y robots automatizados. Las compañías, dentro de una competencia feroz intensificada por el auge del comercio electrónico, basan sus estrategias en aumentar su productividad, por un lado, migrando sus procesos productivos -gracias a la globalización y a los tratados de libre comercio entre naciones- hacia  emplazamientos más económicos, y por otro, liberándose de su tejido humano por algoritmos inteligentes. El avance tecnológico ocasiona nuevos modelos de negocio donde los costes marginales son cada vez más bajos, una tendencia a cero.

Esta búsqueda del Dorado del coste cero inicialmente se traduce en una época transitoria de bonanza y de crecimiento al generar una demanda de máquinas inteligentes de nueva generación, un aumento de intercambios de flujos de mercado y nuevos perfiles técnicos. No obstante, análogamente a la expansión del Universo, la nueva materia siempre viene anexionada a su contraria, la anti-materia. Este supuesto bienestar enmascara una realidad próxima mucho más oscura, mucho más siniestra, la de la precariedad, la pobreza y la hambruna. La tecnología no es el enemigo, sino más bien la mente que la controla.

La paradoja del coste cero

La caída de los intereses en porcentajes negativos

La Uberización de la economía es un problema de actitud, una cuestión  filosófica,  más que un dilema político o económico. En menos de una década, serán los propios conductores de Uber, recogiendo el testigo del gremio de taxistas, los que agredan los vehículos automáticos de la multinacional en forma de protestas generalizadas. La sociedad no se puede permitir ser corta de miras. Mientras el trabajo sea, para la mayoría de la población, la única fuente de ingresos disponible para su subsistencia, se tiene que fomentar una concienciación social de que se ha de retribuir el esfuerzo de forma provechosa. La nueva ideología del “todo gratis” está desmembrando el  estado de bienestar.

He aquí la paradoja, mientras más énfasis se emplee en reducir costes y precios -a consecuencia de una fuerte competencia- en vistas de una rentabilidad mayor, en base a sustituir personas por máquinas, peor será la vida de la mayoría de la población a medio/largo plazo, ocasionando además una recesión de rendimientos para la propia industria.  La tendencia hacia una economía robotizada suscita una reducción progresiva de salarios, un empobrecimiento de las condiciones laborales, pérdidas masiva de empleos no creativos, una mayor precariedad laboral  y una enorme brecha social.

Cuanto menor sea el coste total de producción de los productos y servicios, menor será su valor de cambio, y por tanto, descenderán los beneficios de las propias empresas a la par que los ingresos de los trabajadores. Las empresas anteriormente favorecidas, siendo proveedoras o intermediarias dependientes, contemplarían, sin margen de maniobra, sus beneficios descender hasta no poder hacer frente a las deudas contraídas. Y como consecuencia, la triada maldita: bancarrota, desempleo y recesión.

Y sorprendentemente, lo único que salvaría a la sociedad de mercado sería el fracaso estrepitoso del establishment en contener las protestas de los trabajadores.  ¿Qué mayor paradoja que sea la clase obrera la que salve al Capitalismo?

Vistas al futuro

El futuro digital

Cierto es que la destrucción creativa es imprescindible e imparable. Sin ella no existiría una evolución, similar a la de la naturaleza, a medida que el conocimiento y la tecnología van avanzado.

Un gran número de tareas, antes desarrolladas por humanos, han sido puestas a disposición de algoritmos inteligentes más eficientes, menos costosos e incluso más beneficiosos para el medio ambiente, y debido a esto, las personas se ven obligadas a reciclarse. Proceso que debe verse impulsado y dirigido por los gobiernos, cofinanciado  y promovido por el sector empresarial y, por último, auxiliado por el sistema educativo. El triángulo equilátero tecnológico de la sociedad moderna como modelo de transformación natural y de adaptación continua.

La solución no puede ser el “laissez-faire” del Neoliberalismo, más aún cuando no existe prácticamente ningún control activo ni preventivo sobre las prácticas oligopolísticas ni tampoco en relación al crecimiento incontrolado de la población mundial. En caso de una sociedad fuertemente endeudada -ya sea contraída por los ciudadanos como por las empresas y por los estados-, tanto por la insolencia del sector bancario como por la permisividad de los gobiernos, la única solución factible es un reseteo total del sistema establecido, un jubileo a gran escala -la memoria selectiva alemana-. No se trata de una cuestión ética, sino de una necesidad del propio capitalismo.

Un nuevo modelo sostenible es necesario para hacer frente a los dilemas de la humanidad. Sino es así, nos acercamos a una nueva era de neofeudalismo, ya no en base al número de hectáreas de terreno, sino de Gibabits de líneas de código. Imaginémonos un mundo distópico gobernado por monopolios formados por grandes corporaciones tecnológicas prácticamente autosuficientes gracias a la IA y a una fuerte robotización. La masa social se vería abocada a mendigar trabajo por horas, mal pagado y sin protección laboral. Un mundo de empleo precario y temporal. Las clases sociales habrán desaparecido, los accionistas se presentarán como los nuevos señores (neo)feudales y los ciudadanos reducidos a meros vasallos del feudo digital.

La tecnología tiene que ser compartida, de todos y para todos, como patrimonio de la humanidad. Solamente así  podremos liberarnos por completo del concepto de trabajo como obligación y esfuerzo, para transfigurarlo como un aporte meditado y voluntario  a la sociedad. Este jubileo robótico   tiene que conducir a la humanidad a una sociedad utópica similar a la de Star Trek. Una colectividad en la cual las máquinas proporcionen al hombre el sustento a todas sus necesidades básicas, para que éste pueda desarrollar, sin ninguna preocupación, sus virtudes y habilidades, para  así ayudar al progreso y la evolución de la humanidad y de su entorno. Los ciudadanos somos los únicos responsables de nuestro porvenir, luchemos por un mejor futuro.