La censura progresista

Verificar el estado de la libertad de expresión

Curiosa paradoja se origina al exponer en la misma frase dos términos supuestamente antagónicos tales como censura y progreso siendo uno consecuencia del otro. Sin embargo, es bien sabido que la realidad supera a la ficción. La corriente denominada izquierda “progresista” está mutilando el derecho a poder expresarse libremente bajo el manto de la falsa igualdad colectiva y del sentimentalismo extremo, instaurando la dictadura del correctismo político.  Bienvenidos a la nueva era de la susceptibilidad institucional en la cual la ofensa es un ultraje y el victimismo un derecho divino.

Decir la verdad como acto heroico

Hoy en día opinar sobre cualquier asunto se ha vuelto una tarea agotadora, un verdadero infierno. Cada palabra emitida ha debido pasar un proceso de filtrado  mental exhaustivo. Procedimiento por el cual se evalúa el impacto negativo a la par que el nivel posible de agravio ocasionado a un colectivo en concreto, dando lugar a un nuevo lenguaje plano, estéril y desprovisto de contenido.

Una infantilización de la sociedad donde el esfuerzo por intentar que ninguna persona se sienta ofendida, que ningún colectivo se halle incómodo o inseguro, a salvo de cualquier posible alteración no hace más que limitar la capacidad crítica de la población. Estamos asistiendo al nacimiento de una nueva humanidad incapaz de resolver ningún problema o dilema, de abordar un problema complejo, sino más bien recurrirá al cambio de léxico -unas palabras por otras- y cerrará los ojos esperando a que todo se resuelva pro sí solo.

La Neolengua orwelliana se ha propagado como un virus por toda la sociedad occidental como la nueva panacea de progresismo. Ni el Ingsoc con su Ministerio de la Verdad hubiera sido capaz de hacerlo mejor. La espada de Damocles pende sobre cada opinión, línea escrita, post, tweet o cualquier otra forma de comunicación lista para ejecutarnos a su voluntad. La presión ejercida sobre la liberad de expresión se ha vuelto desmedida, se torna insufrible. Ya nadie dice lo que piensa, la autocensura se ha socializado.

Censura en la enseñanza

Esta nueva doctrina progresista se sirve de las instituciones que  imparten el conocimiento y modelan  las conciencias  como medio de difusión de sus dogmas correctivos. Como ejemplo, el sindicato de estudiantes de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres requirió la supresión, y por tanto la censura,  de los planes de estudio de filósofos tan influyentes y significativo como  Platón,  Descartes o Kant al ser tachados de racistas, colonialistas y “blancos”.

Asimismo, se han advertido más peticiones de veto, provenientes de ciertas universidades estadounidenses, a clásicos literarios tales como Matar a un ruiseñor y Huckleberry Finn por agravios de tipo racial; e incluso, modificaciones en diversos cuentos infantiles por ser considerados machistas y violentos, por exaltación de los estereotipos sexistas. El sistema (re)educativo en su  máximo esplendor.

Autocensura como costumbre

Este correctísimo político se ha adscrito a la psique humana occidental disfrazado de un  perfume  progresista. La censura como símbolo de libertad,  el mundo al revés. Las redes sociales se han convertido en un trinchera donde los guardianes del Bien y el Mal ajustician las opiniones que no se ajustan a los estándares de la verdad oficial.

Los autores, libre pensadores o críticos del sistema advierten que han  de moderar sus pareceres  respecto a ciertos temas tabús y colectivos minoritarios  para poder ser publicados  y difundidos. O amoldas tus pensamientos públicos a la corriente  mayoritaria, o prepárate para ser vilipendiado.