La tecnología: ¿Friend or Foe?

la tecnología digital

El desarrollo de la tecnología no está sirviendo para multiplicar el tiempo de ocio y los espacios de libertad, sino que está multiplicando  la desocupación y está sembrando el miedo.

Eduardo Galeano

Lamentablemente el desarrollo imparable de la tecnología es inversamente proporcional al crecimiento tanto de perspectiva como de conciencia del ser humano. El poderoso, cegado por la  avaricia y el ansia de poder, contempla los avances técnicos como oportunidades de control para acrecentar y perpetuar el dominio del establishment sobre las clases medias y trabajadoras. La concentración del know how tecnológico en los oligopolios ocasiona un desajuste en el equilibrio  de fuerzas entre los estados nación –no tan soberanos-, las Pymes y sus ciudadanos respecto  a éstas megacorporaciones, quienes  necesitados de maquinaria industrial de última generación, de algoritmos inteligentes eficientes además de una infraestructura novedosa y resistente, acaban doblegándose a sus condiciones. El objetivo final del avance tecnológico ha de ser el alcance global de su explotación, no el sometimiento derivado de él.

Un continente entero sometido

Un paisaje de África

Los países del tercer mundo o en vías de desarrollo la precisan en pos de su crecimiento. Requieren de un gran volumen de maquinaría para la extracción de las materias primas necesarias para la industrialización de sus procesos productivos; conocimientos técnicos para la elaboración de infraestructuras como carreteras, puentes y ferrocarriles con el objetivo de impulsar y fomentar el transporte y el comercio nacional; la construcción de aeropuertos tanto locales como internacionales como instigadores del aumento de las relaciones entre naciones, de la movilidad interna y de la promoción del turismo. Una gran inversión de cara a poder generar riqueza para sus ciudadanos en un futuro.

Todo ello genera un coste inmenso en las arcas de sus reservas de divisas internacionales, motivo por el cual  acaban adentrándose en el ciclo perverso de la deuda, supeditados al dictamen de los acreedores privados y de los organismos internacionales de comercio como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el banco Mundal (BM) o la Organización Mundial de Comercio (OMC). Paradójicamente, el continente con más recursos naturales es el más empobrecido del mundo, su riqueza es su maldición.

África, desde que la humanidad se adentró en la era de la exploración mundial, ha sido expoliada de sus bienes y sometida por todos y cada uno de los grandes imperios extranjeros. Primero empezaron despojando a los nativos  de sus libertades al esclavizarlos, para luego acabar usurpando los recursos que les pertenecen por derecho al controlar el comercio de diamantes, la explotación petrolera o incluso las minas de minerales para la fabricación de microchips y pantallas para móviles. En el sistema actual, la necesidad de adquirir tecnología para la expansión tanto del sector industrial como del económico viene inevitablemente ligada a la subyugación financiera.

El pacto perverso

Un pacto perverso

Esta realidad perversa se advierte en los países en vías de desarrollo con importantes recursos naturales tales como pozos petrolíferos o reservas de minerales, los cuales, por falta de medios económicos, de know how tecnológico y de maquinaria industrial, carecen de la autonomía necesaria para la explotación de sus propias reservas. Una autogestión completa sobre los rendimientos íntegros derivados de su extracción les garantizaría un aumento exponencial tanto la calidad de vida de sus ciudadanos como la riqueza del propio país. Una gran frustración que conduce al abismo de la “ayuda” internacional.

En consecuencia, se ven obligados a negociar con el demonio, cerrando acuerdos enormemente perjudiciales y perniciosos con la industria privada internacional a cambio, por un lado, de promesas irrealizables medioambientales junto con medidas sociales ilusorias para la población local, y, por otro, de réditos irrisorios cuyos efectos beneficiosos no llegarán nunca a la sociedad necesitada en general.

El sector empresarial es otra víctima de la centralización tecnológica. Las Pymes, es decir, las pequeñas y medianas empresas, son el tejido económico y social que sustenta una sociedad. La concentración de conocimiento las sitúa en inferioridad de condiciones respecto a  las grandes industrias y oligopolios, cuyas economías de escala, algoritmos eficientes y facilidad de financiación ahogan los beneficios de sus competidores al tirar abajo los precios e inundar el mercado con  productos devaluados artificialmente. El gran Santiago Carrillo, político y periodista español, ya lo advirtió en su momento:

El desarrollo de la tecnología pone en crisis el principio mismo de la empresa privada, pues sólo unas cuantas gigantes están en condiciones de disponer de las inmensas sumas de capital necesarias para utilizar dicha tecnología. 

Santiago Carrilo

Dos porvenires probables antagónicos

¿Cuál de los dos caminos elegir?

El avance tecnológico actual, cuya curva de crecimiento se va tornando cada vez más  exponencial respecto al tiempo, puede dar lugar a dos paradigmas de civilización  totalmente opuestos. El camino elegido  dependerá en gran medida del poderío que ejerza el conjunto de la sociedad sobre los legisladores de las diferentes naciones y el estamento del poder  económico. Es nuestra responsabilidad y de nadie más.

Una de estas realidades futuribles podría asemejarse a la problemática expuesta en la película The Matrix, en la cual los seres humanos han dejado de ser la especie dominante, reducidos a meras fuentes de energía. Las máquinas, con conciencia propia, han logrado esclavizar a la humanidad. Dejando la fantasía aparte, ésta película se asemeja bastante a la problemática que Karl Marx manifestó acerca del poder del sometimiento de los individuos respecto a las máquinas de producción. Se trata de una alegoría sobre la subyugación, por un lado, de los trabajadores a la mecanización industrial privada, cuya únicas alternativas posibles son el reciclaje laboral o el olvido permanente; y por otra, de los pequeños y medianos empresarios, al tener que decidir entre convertirse en tiranos o irse a  la bancarrota por falta de competitividad. Independientemente del lado del tablero en que se posicione cada peón de la partida, ambos jugadores acabaran inclinándose ante su creación maquiavélica.

La situación contraria tiene más que ver con el mundo ideal utópico de Star Trek, en el que la tecnología se ha democratizado y todo ser humano tiene acceso a ella. Ésta realiza el trabajo complicado, laborioso y desagradable para cubrir todas la necesidades básicas de las personas para que éstas, liberadas de sus tareas imperativas como modo de subsistencia diaria, se dediquen a sus anhelos existenciales y a reflexionar sobre cómo favorecer a  la sociedad a la que pertenecen. Ojalá se consiga algún día una humanidad en la que el trabajo sea visto simplemente  como un servicio a la comunidad, no como una obligación por necesidad.

Como vemos, del infierno al paraíso solo hay un paso, y éste, como siempre, depende de la disposición del ser humano. Si la tecnología acaba sometida a unos pocos oligopolios sedientos de beneficios, el mundo se adentrará en una era oscura de neofeudalismo repleta de trabajos mal remunerados, temporalidad acuciante, derechos laborales y sociales empobrecidos y disturbios generalizados en todo el globo terráqueo. Y así, las máquinas se habrán hecho dueñas de todo, tanto de sus lacayos como de sus amos. ¿Vendrá algún Neo a rescatarnos?