Sol y Sombras de Verano

La playa en verano

Sereno, sosegado, en paz concedo a la suave brisa marina adentrarse entre cada poro de mi piel como un dulce hálito que refresca mi tristeza perenne. Contemplo como el vaivén de las olas cristalinas se acomoda a mí, poco a poco,  acompasando mi lastimado corazón a su ritmo delicioso, hasta hallarse ambos en completa sincronía.  Aprecio la calidez divina del sol aligerando la  pesadez  de mi alma, su  luz resplandeciente llena de vida mi cuerpo inerte…

¡ZAS, Zas, zas!, el cabecero del vecino aporreando con vehemencia la pared al compás de sus arrebatos pasionales me desvela.

Es de noche. Me incorporo de la cama con dificultad -hinchado por esa combinación de arroz centelleante multicolor y vino añejo de cartón opaco- no una, sino varias veces, a remojo en el charco de mi propio sudor.

Compruebo la hora. Debe de ser pronto, o tarde, según se mire. Tal como dijo Einstein, todo es relativo, y sobre todo, proporcional a la cantidad de estimulante en sangre.

¡Sight!, Un suspiro interrumpe ese estado de placidez pos-onírico.

<< ¡Genial! Las cuatro y media de la mañana, mi primera noche playera comiendo techo con música coital de fondo>>, mascullo.

Me concentro. Inhalo, mantengo cinco segundos, exhalo, así hasta diez veces; tal como me repite, una y otra vez, mi maestro Yogui hipster. Consigo recomponerme y pienso, ya sonriente:

<< ¡Bendito seas verano! ¡Qué ilusión poder desconectar de ese trabajo que sólo me  trae amargura y miseria! ¡Qué alegría poder evadirme de la monotonía del día a día! Un paréntesis bien merecido al sacrifico personal diario. Un esfuerzo económico titánico para costearme estas vacaciones maravillosas de sol sofocante, playas saturadas, criaturas del averno recauchutadas de color tizón, fritanga por doquier, alcohol barato…>>

¡Coff, coff, coff! Un súbito reflujo entrecorta mi profunda reflexión elocuente.

Debe ser que ese celo de optimismo se ha manifestado abrasándome el esófago por completo. Ahogado y escaldado, recojo el vaso de agua, siempre presente en tiempos de excesos, de la mesilla de noche.

¡Glup, glup, glup! ¡Humm! Tan Caliente como una micción mañanera. ¡Qué horror! Pero no me importa, hago de tripas corazón y  me lo trago a desgana como con todos esos culines de cerveza tan repulsivos, y sin embargo, tan sugerentes.

¡Sight! Un segundo suspiro noquea mi ánimo exaltado, un gancho de realidad objetiva directo a la sien, sin filtros poéticos.

El emoji del ceño fruncido se aparece en mi rostro. Contrariado, aprecio  como la   hernia de hiato hace añicos mis ilusiones estivales más inocentes, mi sueño de un paraíso terrenal imposible. Debe ser que ella tampoco descansa en vacaciones. Un cóctel explosivo entre acidez gastrointestinal, malestar abdominal y tos seca se entremezclan en mi torso resquebrajando mi ya debilitado ánimo festivo.

Súbitamente, un pensamiento brota de mi mente. Puro, esclarecedor, como una epifanía celestial. De repente todo cobra sentido. Su trascendencia es abrumadora. << ¿Es realmente mi vida tan miserable como para acabar así, ansioso y descompuesto? ¿Malvivo simplemente para un triste descanso de playa que me permita evadirme del tedio de mi vida fracasada, vacía de contenido, totalmente insustancial? ¿Por qué esa necesidad, casi enfermiza, de aprovechar cada minuto, exprimir cada euro, de ponerme hasta el culo de..?

¡Ahhhhhh, hummmmm, ohhhhhh! Unos aullidos animalescos de lujuria desvergonzada, naturales de la mismísima Sodoma, acaban con esta introspección casi divina.

<<¡¿Es que no se puede ni meditar de vacaciones?! ¡Joder!>>, le berreo al universo.

Desquiciado, me alzo raudo como el viento y ligero como un pluma, le golpeo a la pared con mis  nudillos llenos de ira, una y otra vez, como un toro de lidia ensangrentado. Grito, maldigo, blasfemo de pura impotencia.

Unos segundos más tarde, ya agotado, sin aliento, sudando vino rancio y esputando nuevas formas biológicas, me dejo caer sobre el colchón, húmedo y hundido.

¡Sight! Un tercer suspiro me sume en un estado de intensa melancolía.  Las lágrimas caen pesadas  sobre la sábana, una a una, expandiendo ese diminuto embalse salado que recubre la superficie de la cama casi por completo.

Con amargura, resignado,  cierro los párpados furioso, aprisionándolos con fuerza contra las cuencas oculares, anhelando volver a ese estado de extrema quietud que me permita olvidar esta ilusión terrorífica a la que llaman vida, escapar de esta pesadilla vacacional sin sentido para no volver a despertar jamás.

Me concentro de nuevo. Inhalo, mantengo cinco segundos, exhalo, diez veces más al son de los gemidos espasmódicos de un clímax de verano.