La Felicidad perdida

La búsqueda de la Felicidad

La felicidad es interior, no exterior; por lo tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos.

Henry Van Dyke

La conquista de la Felicidad es la cúspide  que todo ser anhela, el culmen de esta vida ingrata; por lo que todo individuo soporta los tedios y escollos cotidianos en pos de un mejor porvenir; la que dota de sentido a una existencia carente del mismo, el bálsamo al vacío interior.

Se trata de una epopeya herculiana, una proeza digna de los  campeones más aclamados, equiparable a la búsqueda del legendario reino del El Dorado. Una oda a la esperanza futura, de sueños maravillosos sobre un devenir más próspero, llenos de sonrisas, de paisajes idílicos, de incontables comodidades. Grandes sacrificios voluntarios y sufrimientos -propios y ajenos- autoinfligidos en pos de esa cumbre prometida que, sin embargo, no parece llegar nunca.

Con el transcurrir incesante del tiempo contemplamos, estupefactos,  como las circunstancias de la vida van esculpiendo nuestros sueños, erosionándolos hasta desfigurarlos por completo; la esperanza, nuestra Ilusión convertida en humo, en un vago  espejismo, reducida a su verdadera esencia, mera ilusión. Como en todo antiguo relato glorioso, la épica conduce inexorablemente al drama.

La Búsqueda Perenne

La naturaleza maravillosa

No es culpa nuestra. Nadie nos ha contado  qué demonios hacemos aquí; por qué hemos llegado a este mundo tan complejo de interpretar, tan arduo de sobrellevar; cuál es la misión, si es que existe alguna. Nadie se ha dignado a requerir de nuestra aprobación, simplemente nos hemos manifestado sin  razón aparente.

Existimos a nuestro pesar, en una sociedad que demanda de obligaciones contractuales para una subsistencia simbiótica, de un compromiso heredado ex nativitate de modelar un alter ego acorde a los principios y necesidades requeridas,  de  soterrar las  cualidades innatas  consustanciales a nuestro verdadero ser irrelevantes para los procesos productivos. A cambio nos ofrece derechos inalienables sujetos a una Ley Humana, una carta magna que ampara las necesidades básicas de todo individuo, siempre y cuando nos abandonemos a sus encantos.

Todo esto, y sin embargo, sin ofrecer alternativa alguna ¿Y si no estamos conformes con las condiciones?  El olvido, el desprecio, la vergüenza. ¿Y qué hay de la Ley Natural? Esa que por naturaleza nos es inherente  a todo ser humano provisto de raciocinio, esa que determina el derecho natural a la dignidad y es garantía de igualdad entre semejantes. Aceptamos el sucedáneo  sin rechistar, como si de un axioma divino se tratara, postergando nuestra alma a los confines del olvido. Fuente del conflicto eterno, el Yo verdadero en fricción constante con el Yo impostor, productor de desdichas y odiseas utópicas, termina por  confinarnos en  nuestro réquiem por un sueño.

Aceptación afuera, reprobación adentro

La fuerza del León

La sociedad contemporánea nos embauca  al valor superfluo, hacia lo obsoleto, al atractivo material. Hechizados por  la tentación de la abundancia y la  inmediatez, nos quedamos absortos  en los estímulos externos, en lugar de contemplar la belleza del adentro, nuestra esencia singular. La falta de introspección nos incapacita para comprender quiénes somos realmente, cuáles son nuestras  cualidades excepcionales y qué requerimientos son necesarios  para sentirnos satisfechos, en plenitud. Auto-incomprendidos y desacompasados respecto a nuestra esencia, nos arrojamos a las alabanzas del reino exterior, a los juicios de valor sesgados de terceras personas desconocedoras de nuestras contrariedades, basando toda esperanza de felicidad en la caprichosa aquiescencia y aceptación ajena.

El culto a la inmediatez  promocionado por una sociedad de consumo desatado nos imposibilita  a la reflexión reposada, consolidada desde un estado de profunda quietud.  El  ritmo frenético promotor en  conseguir esos segundo de más, junto con el conflicto constante entre el deber y el querer, nos aleja de las condiciones idóneas para la práctica de la introspección.

Incapaces de educarnos en asimilar las propias imperfecciones, en la mejora consciente de la autogestión  de las emociones y de los sentimientos dolorosos, en  aceptar las adversidades de la vida como método de superación; claudicamos en abrazar lo inmediato, aceptamos el atajo que rodea las sendas oscuras, frondosas y angostas del camino para olvidar, de forma artificial, ese dolor que nos aflige. La  ingesta de  pastillas o de cualquier otra droga ilegal, las compras compulsivas o incluso la negación consciente de la propia realidad como soma de nuestro mundo (in)feliz.

Cambio de perspectiva

La bandera de Bután

Se necesita un cambio de perspectiva global, la destrucción del modelo vigente de felicidad espuria y efímera hacia una sociedad más focalizada en el bienestar de sus ciudadanos. El Reino de Bután, Un pequeño país budista situado en la cordillera del Himalaya  catalogado como el país más feliz del mundo determinó, por decisión real, sustituir  al PIB como medidor de calidad de vida por otro indicador  denominado FNB, o Felicidad Nacional Bruta. El concepto es tan sencillo como maravilloso, se trata de incorporar a las decisiones tanto económicas, como políticas y sociales  la felicidad de sus habitantes como objetivo principal en lugar del crecimiento ad infinitum. Su filosofía se fundamenta en el concepto del equilibrio y refuerzo mutuo entre el desarrollo material y el espiritual, sustentada por cuatro pilares fundamentales:

  1. La promoción del desarrollo socioeconómico sostenible e igualitario
  2. La preservación y promoción de valores culturales
  3. La conservación del medio ambiente
  4. El establecimiento de un buen gobierno

La Voluntad como fuerza creadora. Un pensamiento virtuoso, una simple pregunta altruista de pura Compasión,  es capaz  de cambiar la suerte de más de 700.000 personas: ¿Qué le hace feliz a la gente de Bután?

El Amor al prójimo como  fuente inagotable de felicidad duradera.

La odiosa comparación perpetua

Adictos a los Social Media

La era de la interconexión digital ha supuesto un distanciamiento del mundo interior personal. Una relación inversa, cuanto más conectados a la nube, más alejado está el ser humano de sí mismo. Los Social Media han eliminado las barreras naturales de la socialización. El aprendizaje derivado del esfuerzo del cual se adquieren las habilidades sociales está siendo reemplazado por un botón de añadir, un “like”, engendrando relaciones ficticias y superfluas donde la autenticidad y la veracidad desaparecen de la ecuación. Un proliferación  de nichos sesgados para evadirse de la realidad donde no existe diversidad de opinión, simplemente el eco eterno de nuestros pensamientos.

La felicidad real no necesita del beneplácito exterior, el individuo dichoso, junto con su entorno más cercano, se basta a sí mismo. Y es precisamente la falta de aceptación personal la causa primigenia del auge de estos falsos mundos digitales, universos donde todo se exagera dando lugar a una distorsión de la realidad. La imperiosa necesidad de compartir supuestos momentos idílicos de la vida cotidiana a diario revela una falta de autoestima apremiante, un vacío de identidad.

La comparación constante y los juicios de valor perversos pueden llegar a desencadenar desordenes psicológicos profundos, sobre todo en las mentes más jóvenes. Un “like”, un “Me Gusta”, la compartición de una foto producen el mismo efecto que la ingesta de alcohol, cocaína o cualquier otra droga adictiva, atacan al sistema de recompensas del cerebro, inundando el circuito con dopamina. La droga digital que destruye el aprecio a uno mismo.

Encontrar nuestra pasión y perseverar

La felicidad es un camino, no una meta, disfruta del viaje.

Anónimo

La felicidad es una actitud consciente, una conquista personal, se trata de una cualidad inherente a todos ser viviente, y como tal, debe de ser cultivada a base de esfuerzo diario, hasta adueñarnos de ella. Para ello, el ser humano ha de concienciarse  en la práctica de la reflexión interior profunda, de la meditación constante equiparándola, con la misma transcendencia, al entrenamiento físico y la autogestión emocional. Esa introspección ofrece al que la practica dos prerrequisitos fundamentales para su trayecto hacia la felicidad.

En primer lugar, el reconocimiento de la propia singularidad de la persona, tanto de las aptitudes como de las habilidades innatas a fin de discernir cuál es su motivación personal; de identificar la fuerza impulsora de su Voluntad, el deseo que desata la pasión que dota de sentido a la vida. La energía motriz que embelesa al individuo para crear y perseverar  tanto para su realización personal como para su implicación para con el resto del mundo. Aspectos externos como el conocimiento, el propio trabajo, la relaciones sociales o la aficiones inclusive.

Asimismo, el segundo es quizás más significativo, agotador e íntimo, y requiere de un trabajo previo de humildad y valentía. Se trata de la aceptación de nuestra naturaleza intrínseca, de nuestro Yo Verdadero, tanto de los defectos como de las virtudes, un proceso de resignación a lo que realmente somos, reemplazando a lo que nos gustaría ser. Toda persona convive consigo misma hasta su último aliento, depende solamente de ella que esa simbiosis eterna se asemeje a una unión maravillosa, o por el contrario, a una prisión dantesca.

Nadie debería creerse perfecto, ni preocuparse demasiado por el hecho de no serlo. 

Bertrand Russell

El Amor puro e incondicional es la causa primordial de la Felicidad, no obstante, para amar al prójimo, primero hay que amarse a uno mismo. Es la única forma de poder irradiar amor hacia el exterior. Cometemos el error de buscar afuera las propias carencias que suplen las limitaciones de nuestro interior, en lugar de realizar un ejercicio de aceptación y reconciliación con nosotros mismos. Una vez apaciguado el conflicto interno, seremos capaces de contemplar la Belleza que lo envuelve todo, cada detalle de la realidad; la delicadeza en la disposición de los pétalos de una flor; la majestuosa perfección de un animal persiguiendo a su presa; el esplendor luminoso de un amanecer, hasta la virtuosa disposición de las palabras de un escrito.