El valor de la tradición

La revuelta

¿Qué motivó a los jóvenes que salieron en masa a las calles de París en mayo del 68 para enfrentarse a la policía y rebelarse contra el orden establecido? Fue más que una simple protesta, hoy hablamos de revuelta cuando nos referimos a lo que ocurrió en aquellos días y algunos incluso lo califican de revolución. Así lo vivieron los hijos del Baby Boom que se atrevieron a desafiar el gobierno conservador de Charles de Gaulle. Creían sinceramente que iban cambiar el mundo, y no cabe duda de que había motivos para ello. Las televisiones arrojaban escenas de una violencia inédita desde el ya no tan lejano Vietnam, un conflicto que jamás fue aceptado por la población civil americana y menos aún por la europea. Un mes antes de las revueltas fue asesinado Martin Luther King. En esa vorágine de acontecimientos e inmersos en un cambio cultural del que apenas hoy podemos empezar a entender las consecuencias, la generación de nuestros padres decidió enfrentarse a un establishment que parecía incapaz de dar respuesta a los nuevos desafíos económicos y sociales.

Los estudiantes no fueron los únicos actores en aquella cadena de protestas, hubo también trabajadores, sindicatos y por supuesto políticos (los primeros en subirse al carro de cualquier movimiento popular), con el protagonismo del partido comunista francés y muchos intelectuales de izquierda. Todo cambio social importante tiene un poso filosófico detrás, y la corriente que sirvió de base de la revuelta ya llevaba un tiempo tratando de infiltrar el mainstream cultural.

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El Postmodernismo

Sus representantes más importantes son los filósofos franceses de mitad del siglo XX, entre otros Michel Foucault y Jacques Derrida.  Tuvieron una enorme influencia en el pensamiento detrás de aquel Mayo del 68, que en gran parte fue un movimiento contracultural motivado por el rechazo a los valores tradicionales occidentales.

El postmodernismo tiene sus raíces en el marxismo. Este interpreta la sociedad en un contexto de lucha de clases, por lo que la cultura sería un marco impuesto por el fuerte con el objetivo de dominar al débil. No existen las verdades o moral absolutas. Cualquier contenido cultural (incluso el lenguaje) puede reinterpretarse por un proceso de deconstrucción hasta dejar en evidencia sus límites, contradicciones e hipocresías. Al no poder apoyarse en ninguna verdad objetiva, la tradición queda relegada a un mero instrumento del poder con el objetivo de mantenerlo. De estas premisas se desprenden el relativismo moral típico de nuestros días, el ataque sistemático a los valores tradicionales, el arte irónico y crítico con la cultura occidental, el feminismo radical centrado en destruir el “patriarcado” etc.

Esta visión del mundo está más viva que nunca y hoy, cuando los baby boomers nacidos en los 50-60 son los que ocupan puestos de influencia, parece haber calado en el pensamiento dominante. Los medios de comunicación de línea progresista dan buena cuenta de ello.

Pero el posmodernismo deconstruye las bases de la moral occidental siendo al mismo tiempo incapaz construir premisas nuevas, pretende eliminar los cimientos en los que nos asentamos para reemplazarlos por… ¿Por qué exactamente?

 

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Ningún árbol crece sano sin raíces profundas

El posmodernismo predica que nuestra cultura es solo una especie de aglutinador para mantener el orden social dominante, ¿significa eso que no debemos mirar atrás?

Los tiempos cambian, las sociedades se enfrentan a nuevos desafíos y la cultura, que no es más ni menos que el instrumento del hombre para relacionarse con la realidad, debe adaptarse a los cambios. Los conservadores quieren que nos quedemos como estábamos, que las reglas que funcionaban hace 100 años funcionen también para hoy. No se pueden utilizar los códigos de la España católica y conservadora de hace 100 años en el mundo globalizado actual.

Pero la cultura tiene un poso muy antiguo, de siglos, de milenios. Está muy profundamente enraizada en nuestra forma de relacionarnos, en el arte, las leyes… Nuestra tradición y nuestra historia tienen un valor que el revisionismo posmoderno no quiere reconocer. Ese valor se deriva de la riqueza cultural y material de las sociedades occidentales, con un desarrollo tecnológico impensable hace un siglo, a las que millones de personas quieren llegar de otras partes del mundo incluso arriesgando sus vidas. Tal vez deberíamos no desechar tan a la ligera lo que nos ha permitido estar donde estamos y expresar cierta gratitud por ello. Al fin y al cabo caminamos a hombros de gigantes.