Ikigai: El sentido de la vida

Its all about love, simply as that

La gente puede sentir el auténtico Ikigai solo cuando, sobre la base de una madurez personal, de la satisfacción de diversos deseos, del amor y de la felicidad, se encuentra con los demás y con un sentido del valor de la vida, que avanza hacia la autorrealización.

Kobayashi Tsukasa

 

¿Qué nos motiva para levantarnos día tras día de la cama? ¿Cuál  es nuestra razón de ser en este mundo? ¿Qué podemos aportar a los demás como individuos singulares? Tres sencillas preguntas para las que lamentablemente hoy por hoy, al menos en las sociedades avanzadas occidentales, no existe respuesta, o simplemente han sido desdeñadas de la consciencia de la mayoría de los individuos. Las aspiraciones y anhelos de la mayoría social se funden junto con las corrientes materialistas de las civilizaciones modernas. Los arquetipos actuales típicos de la búsqueda de la Felicidad pivotan en torno a los tres pilares fundamentales de los mercados de consumo, la abundancia,  la inmediatez y la ostentación; valores superfluos que alimentan a diario el vacío interior.

La tradición sigue arraigada en la genética oriental. Culturas milenarias que aún no han sucumbido del todo  a los valores de mercado, a pesar los de feroces ataques  moralistas de los supremacistas de poniente, tratan de encontrar un equilibrio entre una apertura comercial al exterior y la conservación de su idiosincrasia ancestral. Japón, ex-colonia estadounidense de la posguerra de la segunda guerra mundial,  es un buen ejemplo de ello. Una  nación, paradigma del capitalismo sostenible hasta los años 90, que se abrazó al dragón neoliberal promulgado por el FMI y ahora inmersa en una recesión interminable,  se esfuerza por mantener la llama espiritual candente en el alma de su patria.

Y es justo en esa sabiduría donde encontramos el  concepto de Ikigai. Sin ningún género de dudas se trata de la causa mayor, junto con la buena alimentación, de la longevidad de la sociedad japonesa. Mens sana in corpore sano.

Ikigai y la filosofía de vida

Una bonita flor

Término japonés compuesto de dos palabras Iki –la vida- y Kai -la materialización de lo que uno espera- cuyo significado se asemeja a “la razón de vivir” o a “la razón de ser”, y  que además, según las costumbres japonesas, todo ser humano está provisto de uno. Se utiliza como apelativo para identificar la esencia donde reside la fuerza que impulsa la Voluntad de una persona, así como referencia al estado tanto emocional, mental y espiritual necesario en el cual todo ser humano es capaz de sentirse útil y valioso.

Se trata de una búsqueda consciente en el interior de uno mismo, considerada como el camino hacia la verdadera Felicidad profunda y duradera, condición en la cual cada pensamiento, cada emoción y cada acción son de una naturaleza pura, espontánea y totalmente altruista. Tanto la obligación derivada del condicionamiento social como el rédito personal desaparecen de la ecuación, quedando solo el deseo de un perfeccionamiento personal y un beneficio colectivo, la aspiración de ayudar al prójimo, la verdadera Compasión en estado puro.

Encontrar nuestro propósito

Para entender nuestro Ikigai primero tendremos que encontrarnos a nosotros mismos. Realizar un ejercicio de auto-reconocimiento de las habilidades y cualidades innatas. Qué es los que se nos da bien hacer además de  qué nos hace sentir útiles y satisfechos.

Y para ello, necesitamos contestar a cuatro preguntas fundamentales:

  1. ¿Qué es lo que amamos?: Las actividades, las tareas o incluso los hobbies  que nos resultan placenteros, para los cuales el tiempo parece detenerse y no suponen una discrepancia entre la obligación y el placer, simplemente son una parte de nuestra personalidad.
  2. ¿Qué sabemos hacer bien?: Identificar cuáles son nuestros puntos fuertes, ejercitarlos y potenciarlos.
  3. ¿Qué creemos que el mundo necesita de nosotros?: O, en su lugar, qué podemos aportar a la sociedad, cuál es nuestra misión. La enfermedad del siglo XXI se encuentra en la psique humana, la depresión afecta a 300 millones de personas, un 5% de la población mundial. El ser humano no está en paz consigo mismo, en parte porque no vive alineado con su esencia, su singularidad. Encontrar el propósito que otorga sentido a la existencia es fundamental para el bienestar emocional.
  4. ¿Qué nos gustaba cuando éramos niños?: La infancia es la expresión constante de nuestra esencia más pura y más inocente, por lo que profundizar sobre nuestros gustos en la niñez  nos  permite identificar cuáles son nuestras preferencias y motivaciones.

Premisas básicas que pueden moldearse y ajustarse al estilo de vida occidental relacionándolas con el concepto moderno de trabajo, para así sintetizarlas en un quinto interrogante:

  • ¿Por qué actividad deberíamos recibir un salario? O ¿De qué manera podríamos monetizar nuestra pasión?

El diagrama del concepto de Ikagai

Una vez identificado nuestro Ikigai, el siguiente paso sería diseñar una estrategia y adquirir un compromiso personal para desarrollarla, buscar  las herramientas necesarias tanto intrínsecas como extrínsecas que nos faciliten su implementación.

El estado de madurez óptimo

La Pirámide de Maslow

Para el ser humano resulta esencial sentirse seguro y protegido  respecto a sus necesidades fisiológicas más elementales  para poder generar, de forma espontánea y voluntaria,  iniciativas vinculadas a las aspiraciones más elevadas como pueda ser la autorrealización. Por ello, los más importantes filósofos, libre pensadores y grandes descubridores de la historia han sido generalmente gente adinerada, aristócratas o burgueses cuya supervivencia estaba garantizada. Lamentablemente, la realización personal es un privilegio exclusivo de las clases medio/altas, una gran mayoría de la población simplemente consume sus energías y  recursos en sobrevivir.

Una vez cumplimentado el primer requisito, es necesario encontrarse en un nivel óptimo de madurez para hallar, por un lado, la confianza en uno mismo, y por otro, el valor necesario para cambiar nuestros hábitos y costumbres, o, en lenguaje laboral, reciclarnos.

El trabajo, en occidente, es visto –y es- como una obligación tanto material como moral,  sin trabajo simplemente no hay dinero. Los estándares moralistas sociales desprecian a los desocupados, tratándolos como parásitos, como sinvergüenzas o incluso como vagos aprovechados del sudor de sus conciudadanos. Y por ello, una gran mayoría adolecemos de empleos que no nos satisfacen, realizamos actividades que no se ajustan ni a nuestras cualidades ni a nuestros gustos ocasionándonos una molestia crónica.

Una persona necesita verse útil para con los demás para sentirse en plenitud. El Ikigai no está completo si la finalidad no implica un servicio a la comunidad, un beneficio colectivo. Es mucho más gratificante la sensación de realizar un favor o hacer feliz a una tercera persona  que cuando somos nosotros los beneficiados. Sin embargo, no seremos capaces de irradiar esa generosidad al exterior si no estamos a gusto con nosotros mismos. Primero hemos de querernos para poder amar al prójimo. La filosofía Ikigai conduce a una vida más plena porque le otorga un sentido, hace que merezca la pena el esfuerzo de vivir en plenitud.

Perseverancia frente a la desidia

La excelencia es la perseverancia

Para la buena praxis del Ikigai no  basta simplemente con haberlo descubierto. Éste no predica un comportamiento pasivo, sino más bien todo lo contrario, la actividad y la perseverancia son sus premisas fundamentales, es un propósito de acción. El Ikigai es una forma de vida, es una actitud consciente y constante frente a la realidad, y por lo tanto, requiere de un esfuerzo incesante por mantenerlo vivo y latente.

Existen varias pautas que facilitan su desarrollo y puesta a punto:

  1. Perseverancia: Siempre activo, nunca retirarse. Si se abandonan lo que se ama y se sabe hacer, el sentido de la vida desaparece por completo, posibilitando que sentimientos como el de la tristeza se apoderen de uno. Frente a la desidia, esfuerzo y tenacidad.
  2. El objetivo siempre presente: Tener siempre presente la razón por la que lo hacemos. Se trata de algo especial, singular y único que supone un esfuerzo, muchas veces agotador, pero cuyos frutos son maravillosos.
  3. Paciencia: En la era de tecnología y de la productividad, la paciencia parece estar desfasada, un anacronismo de otra época. La recompensa inmediata solo satisface los anhelos superfluos, es un estado placentero momentáneo. Sin embargo, la virtud de saber esperar a recoger lo que se ha sembrado nos conduce a una felicidad duradera, al verdadero bienestar. Sin prisa pero sin pausa.
  4. Ejercicio físico: El ejercicio físico  es esencial para mantenerse sano y prevenir enfermedades de todo tipo, y además, permite al cuerpo segregar y liberar la denominada hormona de la felicidad, la Dopamina. Ésta nos permite estar equilibrados tanto mental  como emocionalmente.
  5. Sonreir: Lo que nosotros irradiamos al exterior es equivalente  a lo que recibimos de afuera. Una actitud positiva trae enormes beneficios tanto en lo personal como en lo colectivo. El estado de ánimo es muy contagioso, se propaga como una enfermedad cuyas secuelas retornan hacia nosotros, un círculo vicioso, o virtuoso. Sonríe y el mundo sonreirá contigo.
  6. Agradecer al universo: Encontrar un momento al día para agradecer lo que uno tiene –o hace- nos permite hacer un ejercicio de auto-reconocimiento de los aspectos positivos que nos rodean, para así poder valorarlos y tenerlos presentes. Ser agradecido también ayuda a aumentar la percepción sobre la importancia de las acciones beneficiosas que acometemos.
  7. Estar en el instante: Lamentarse del pasado o anhelar constantemente un futuro incierto no nos permite disfrutar del momento presente. Se trata del único instante en el que nuestras decisiones adquieren trascendencia y relevancia, en el que realmente somos poderosos.  Hay que aprovecharlo al máximo.

Y recordad: “Todos los días volvemos a nacer, todos los días el sol sale de nuevo para iluminarnos”.