El trabajo y la disonancia emocional

El trabajo

Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida.

Confucio

No nos llevemos a engaño, el trabajo, como ocupación remunerada, no dignifica al ser humano como nos quieren hacer pensar. No suele ser una actividad gratificante para el que la practica, salvo en contadas excepciones. Se trata  más bien de una carga emocional, una tensión irritante, a veces pesada como una losa y otras sutil como el contoneo  de un pluma meciéndose en la lejanía, mas siempre punzante en el subconsciente, tan volátil e inestable como el estado de ánimo. Un compromiso para con los seres queridos y el resto de la sociedad, o eso quieren que pensemos; un contrato social heredado a nativitate, de por vida hasta en fin de nuestros días… hábiles.

Trabajar es una  obligación  vital, es mera supervivencia, tanto fisiológica como psicológica, equiparable a la apremiante necesidad de cazar de nuestros antepasados, faltos de alimento que ingerir y de pieles para arroparse del gélido temporal. Vivir, o para muchos sobrevivir, es una lucha diaria, una erosión continua, una guerra de desgaste que requiere de múltiples dotes de supervivencia, y como en la naturaleza, los adaptados perduran y prosperan, los vulnerables se quedan atrás.

En el trabajo, como en la vida salvaje, hay que bregar en pos de unos objetivos predefinidos, y pare ello, es necesario trazar planes, idear estratagemas y elaborar procedimientos para que ese fin sea alcanzable, un esfuerzo que consume recursos costosos y limitados -propios y ajenos- debilitando de manera continuada tanto físicamente como mentalmente al organismo.

Igualmente, requiere no solo competir con uno mismo a fin de una mejora continua, sino contra nuestros semejantes. Rivalizar por un bien escaso,  al mismo tiempo codiciado e indispensable por ambas partes, conlleva  un enfrentamiento directo entre iguales, un sinfín de batallas prolongadas en el tiempo que acentúan aún más ese proceso de desgate emocional, sumándole externalidades fatigosas.

Trabajo y servicio a la sociedad

Dichoso es aquel que mantiene una profesión que coincide con su afición.

George Bernard Shaw

Desde pequeñitos se nos condiciona a rivalizar entre iguales, a compararnos los unos con los otros como si todos debiéramos ser clones, como si tuviéramos las mismas aptitudes y circunstancias, una amalgama de patrones idénticos derivados de un  mismo molde. El culto al resultado es la finalidad última, meros dígitos insustanciales que determinan nuestra validez dentro de la sociedad, el resto queda postergado en el baúl del olvido. Se roe lo heterogéneo hasta dejar  una plasta bien masticada de masa acrítica homogénea.

Nos acostumbramos a sobrellevar sesiones interminables de tedio institucionalizado, clase tras clase, libro tras libro, un examen detrás de otro  a fin de asimilar un conocimiento plano, estéril y polarizado grabado a fuego. A lo que se suman horas extra de deberes -más obligaciones- como terapia continuada de adoctrinamiento. Se trata de la industrialización del comportamiento del  ser humano; un producto manufacturado dócil, constante y productivo.

Así se nos instruye, desde nuestros progenitores pasando por la educación industrializada hasta la vida adulta de trabajo como cláusula de un contrato  social adquirido. Un pacto tácito que representa ceder un tercio del tiempo existente a terceros a cambio de un sustento, de una vida digna –no siempre-.

El trabajo social

Un compromiso que va degenerando, lentamente, en un conflicto interno  entre el deber y el placer. El único remedio para romper esta enfermedad expansiva y corrosiva que corrompe el espíritu del ser humano es el de convertir el desinterés en pasión, la fanea en afición, la obligación en voluntariedad.  El ser humano, al estar liberado de sus necesidades más básicas, desarrollará deseos y exigencias más elevados. Solamente cuando el trabajo sea apreciado como un servicio a la sociedad la fricción desaparecerá.

El contrato social quebrado

Trabajar constituye un deber indispensable para el hombre social. Rico o pobre, poderoso o débil, todo ciudadano ocioso es un ladrón.

Jean Jacques Rousseau

El contrato social de Rousseau sentó las bases de lo que hoy entendemos por sociedad, el estado y los derechos humanos. Se fundamenta en la idea de que la convivencia en sociedades complejas solamente es posible si se acuerda, entre todos los ciudadanos, un contrato social implícito cuyas cláusulas otorguen derechos fundamentales a cambio de abandonar la libertad natural en favor de una justicia social y unas obligaciones para con el conjunto de la comunidad.

De esta forma se crea el concepto de Estado, entidad responsable de hacer cumplir lo pactado, además de la admisión explícita de la existencia de una autoridad no divina que hay que acatar, junto con sus leyes y normas morales. Un acuerdo razonable siempre y cuando el estado cumpla su parte: ¿Qué hay del derecho a una vida digna? ¿Del deber del estado a velar por una política de pleno empleo? ¿Del derecho a una vivienda digna y adecuada? ¿Y del derecho a la vida cuando no hay sustento económico?

Thomas Hobbes sostenía que el ser humano, en su estado natural, no es pacífico, sino más bien “un lobo para el propio hombre” y Rousseau, por contra, que “el hombre es bueno por naturaleza”, siendo la propia sociedad  quien lo corrompe. Y por ello establece un compromiso mutuo entre ambas partes, dando al estado el rol de moderador, gestor y ejecutor. El hombre de por sí, como el resto de los mamíferos superiores, es bueno siempre y cuando su supervivencia no se vea amenazada.

Un acuerdo bilateral

No obstante, en la época actual del capitalismo neoliberal, una de las partes no está cumpliendo con lo estipulado. Trabajos indignos, asalariados pobres, exclusión social, desigualdad creciente entre clases, naciones enteras sometidas al capital, guerras financieras, políticas de austeridad, crisis cíclicas que aumentan la  brechas social, bloqueos económicos políticos y un largo etc. están encaminando a los seres humanos al borde del precipicio.

Los estados han sucumbido al poder económico y financiero, han cedido su soberanía a entidades independientes que no rinden cuentas a ninguna autoridad estatal representativa y electa, nada más que  al Capitán Codicia El pacto social se ha quebrado, el sistema económica vigente no es capaz de ofrecer soluciones contundentes a los dilemas que azotan a la humanidad, y por ello un nuevo modelo ha de florecer.

La disonancia emocional

Un síntoma de que te acercas a una crisis nerviosa es creer que tu trabajo es tremendamente importante. 

Bertrand Russell

El estrés, la ansiedad y la depresión son la enfermedad del siglo XXI, una pandemia global que ha surgido para aterrorizarnos a todos. La disonancia emocional ya se ha cobrado ya más de 300 millones de víctimas. Y sorprendentemente, su origen se encuentra en uno mismo, no depende de un organismo externo. Se trata de un proceso puramente mental, totalmente subjetivo, una disociación de la realidad que genera fantasmas anclados a unas obsesiones adquiridas, a unos trastornos emocionales, un cáncer cognitivo que se expande por cada neurona, por cada recuerdo.

La ansiedad en la sociedad moderna

La Ilustración elevó a la Razón al Olimpo de los Dioses, y a estos últimos los relegó a la substancia. Los dogmas del Racionalismo, Ateísmo y Materialismo fueron calando lentamente en la sociedad. Más tarde vino la Revolución Industrial, junto con con la inestimable ayuda de Marx, Engels y los  grandes avances científicos para dar la puntilla definitiva a la idea de una conciencia global ajena al entendimiento humano, de una moral universal, de una verdad superior más allá de lo mundano, de lo conocido.  Y así la realidad queda acotada en cinco sentidos, el sentido de la vida recae sobre lo palpable, sobre los deseos terrenales, a la mera reproducción animal.

Eliminado el plano metafísico, toda la responsabilidad de satisfacer las dudas existenciales de la psique humana es traspasada al eje central de la sociedad moderna: el dinero y el éxito. El Ego como nuevo Redentor omnipresente, insaciable y bien agradecido con sus siervos más devotos. Un dios cuyo reino engloba la única realidad aceptada, el mundo físico, y cuya moral es la vanidad pura.

El trabajo ya no es visto como un acuerdo tácito entre iguales, como una manera de mejorar tanto la vida propia y ajena al generar un beneficio colectivo a la sociedad, sino como un medio para satisfacer los anhelos más viscerales, un mundo dominado por los caprichos más elementales. Y así, sin previo aviso, una vez superada la vorágine de experiencias efímeras, después de un sinfín de delirios de grandeza, una falla se va abriendo camino en el interior, la mente queda a merced de un nubarrón oscuro, las emociones se tornan incontrolables, y el vacío se apodera del todo.

Cambio de rumbo

Algo malo debe tener el trabajo, o los ricos ya lo habrían acaparado.

Mario Moreno Reyes ‘Cantinflas’

Para poder regenerar el modelo establecido, primero tendremos que cambiar la conciencia colectiva de la sociedad en su conjunto, transformar la forma que tiene el ser humano de entender qué es el trabajo o qué debería ser. Como ya se ha mencionado anteriormente, el trabajo no dignifica, incluso  a  veces todo lo contrario, puede llegar a ser degradante, humillante y casi esclavo. La realidad social actual no es nada alentadora.

El trabajo precario

El prestigioso instituto Gallup determina que únicamente un 13% de los trabajadores mundiales, en un muestro de 142 países, se siente emocionalmente comprometido con su labor diaria. Todo un problema social y empresarial que no va a resolverse por sí mismo y menos aún teniendo en cuenta el progreso tecnológico imparable cuyas consecuencias inmediatas se traducen en destrucción de empleo no creativo y una bajada de precios y, por ende, de salarios. Estar emocionalmente desconectado durante al menos ocho horas diarias realizando tareas “a la fuerza” que requieren de un esfuerzo genera tensión, ansiedad y problemas físicos. Estar en consonancia en todo momento  es la única manera de estar sanos tanto mentalmente como físicamente.

Diversas propuestas necesarias, de implementación conjunta, tanto económicas como sociales deben de emerger en el debate público e internacional para modificar el rumbo hacia una sociedad más prospera, sostenible y equitativa:

  1. Renta Básica Universal (RBU)
  2. Educación primaria y secundaria focalizada en potenciar las aptitudes singulares de cada individuo
  3. Universidad evolutiva y adaptativa a las necesidades del mercado
  4. Fomentar el modelo de tripe hélice estado-universidad-empresa
  5. Potenciar la formación profesional tanto económicamente como socialmente
  6. Separar la economía real de la financiera
  7. Regulación del sector financiero
  8. Renovar la Constitución y fortalecer la separación de poderes
  9. Modelo industrial y de servicios focalizado en sectores limpios, tecnológicos  y productivos a medio/largo plazo (energías renovables, transportes ecológicos, producción sostenible, tecnologías disruptivas, …)
  10. Fomentar una concienciación social y medio ambiental
  11. Inversión en conservación del medio ambiente
  12. Fuerte inversión en I+D+I
  13. Mayor flexibilidad laboral como beneficio tanto para el trabajador como para la empresa
  14. Legislación antitrust más sólida
  15. Reformulación del sector bancario: Préstamos y productos financieros orientados a la productividad y beneficio mutuo a medio/largo plazo
  16. Restablecer la soberanía económica nacional
  17. Reconocer el Poder Económico como el cuarto poder y ajustarlo al marco constitucional
  18. Banca pública, ética y comprometida socialmente
  19. Control de la gestión de los excendentes comerciales  e industriales a nivel internacional
  20. Mayor cooperación con naciones necesitadas