Un ensueño feliz

El mundo onírico de un ensueño profundo

Un gramo a tiempo, te pone contento. Un mundo Feliz- Aldous Huxley

Un mundo Feliz  de Aldous Huxley es quizás la novela distópica futurista que mejor encaja en el marco de la sociedad actual. El autor supo intuir de manera acertada como la autocensura del propio individuo  y su rechazo de la realidad, plenamente voluntario y consciente,  constituyen un método de control de masas mucho más efectivo que una opresión manifiesta, violenta y asfixiante de un totalitarismo estatal. Si los ciudadanos fueran todos “felices”, ¿qué motivos tendrían para querer subvertir el orden preestablecido?

Mucho se ha escrito y discutido sobre qué libro es el que regenta el trono a la premonición más certera, en base a una extrapolación de la época y del contexto socio-económico en la que se concibieron, de cómo sería el mundo venidero, si la formidable y  opresiva 1984 de George Orwell o, por el contrario, la magnífica y libertina un mundo feliz. No obstante, no son relatos tan antagónicos como puedan parecer a primera vista, sus tesis se asemejan considerablemente en relación a las premisas fundamentales que sustentan los pilares de sus sociedades ficticias.

Similitudes novelescas

Estados totalitarios

El Big Brother te observa sin descanso

Ambas novelas cimientan sus mundos distópicos en estados globales fuertemente totalitarios. En primer lugar, 1984 presenta un gobierno controlado y administrado por el partido único, todopoderoso y omnisciente capaz de conocer toda actividad y cada pensamiento de sus ciudadanos. La masa social  ajena al partido -los proles que representan un 80% aprox.- sobreviven bajo un control asfixiante, carecen de derechos fundamentales y son mantenidos en condiciones miserables de subsistencia. La Guerra es Paz como lema del partido para prevenir que la población se subleve por temor a un enemigo externo. El miedo a lo desconocido mantiene la cohesión social.

Asimismo, la sociedad feliz se sustenta en la premisa supuesta de la existencia de una guerra mundial –la Guerra de los Nueve Años– que asoló a la mayoría de la población, colapsó la economía mundial y casi acaba con el ecosistema por completo. Debido a ello, los líderes mundiales, en su benevolencia absoluta, decidieron crear un Estado Mundial, altamente tecnológico, que censura cualquier actividad que pueda suponer una crítica constructiva o hilar referencias a un modelo de estado alternativo.

Una sociedad donde se cultiva a los seres humanos por castas -de los Alpha a los Epsilon– en relación a sus capacidades cognitivas con el objetivo de, por un lado, limitar su poder de elección -su futuro ya viene predefinido de antemano por su genética- y, por el otro, anular sus ambiciones, al mismo tiempo que promueve la droga –Soma-, el entretenimiento constante  y la promiscuidad como factores de mitigación de la frustración y de la desdicha.

Como vemos, cada uno ejerce un control mental total sobre la población, ejecutado de forma opuesta, uno mediante la fuerza bruta -explícitamente- y el otro condicionando, desde el nacimiento, al propio individuo para que se restrinja a sí mismo -implícitamente-.

Condicionamiento mental forzoso

Por otro lado, 1984 presenta una sociedad donde existe un Ministerio de la Verdad -lugar de trabajo del protagonista Winston Smith– que manipula la información a su antojo, reescribe la historia oficial produciendo una propaganda alienante que incapacita y desmoraliza  a sus ciudadanos impidiendo que éstos sean capaces de generar una actitud crítica. Sin ningún referente pasado  diferente al actual en cuál apoyarse, ¿cómo concebir un futuro alternativo preferible?

De igual manera, Un Mundo Feliz descubre centros de condicionamiento para los niños recién cultivados, donde se les expone a tecnología avanzada que permite  moldear y ajustar sus mentes a sus roles sociales prefabricados. Durante la niñez, se les somete a un proceso de aprendizaje a través del sueño denominado Hipnopedia, método de adoctrinamiento a base de repetición múltiple de eslóganes, opiniones, y frases cortas fácilmente memorizables a fin de que se impregnen permanentemente en el cerebro.

Cien repeticiones tres noches por semana, durante cuatro años. Sesenta y dos mil cuatrocientas repeticiones crean una verdad. ¡Idiotas! – Un mundo Feliz

De esta manera, cada casta es condicionada para ser conformista de acuerdo a su estirpe así como para asumir un  papel inamovible dentro de la comunidad. Como ejemplo, se describe como a los niños Delta se les educa para odiar la literatura y la naturaleza mediante el uso de bocinas y terapia de electroshock, es decir, mediante refuerzo  negativo. En ambas novelas nos encontramos con una ciudadanía fuertemente  dogmatizada, sin libertad de acción ni de pensamiento.

Idolatría la líder

El orador manipulador de masas

El estado orwelliano se fundamenta en un  culto al líder, casi divino, que sintetiza los ideales del partido. En este caso, se trata de la figura del Gran hermano, omnisciente y omnipresente, fundador del partido único, juez supremo, protector de la nación y divinidad pagana. Sin embargo, su existencia es enigmática, nadie lo conoce, nadie lo ha visto, ni siquiera se puede asegurar que sea un ser humano de verdad,  sino más bien un icono propagandístico que sirve para reforzar un sentimiento de confianza y de cohesión social, a la par que infunde miedo y pavor.

Por otro lado, la sociedad feliz sostiene  como figura central a   Henry  T. Ford como nuevo Salvador del mundo globalizado, incluso contemplan un nuevo calendario con su fecha de nacimiento: a.F. (antes de Ford) y d.F. (después de Ford). Su figura ha sustituido al Dios intangible -la letra T es la nueva cruz cristina-, donde la palabra «Ford» es utilizada como referencia a «Señor» («¡Oh, Dios mío!» como «¡Oh, Ford mío!»). Una clara alusión a que la tecnología y la producción en cadena y, por extensión, la propia Ciencia han sustituido la figura moral y espiritual de Dios por un mundo material lleno de placeres, distracciones y entretenimiento para la mente.

En definitiva, ambas novelas abordan la problemática  de una sociedad fuertemente manipulada por un estado absolutista globalizado,  sin libertad de acción ni reacción, en la cual los modelos de ética, moral, honradez y justicia son rebajados, por un lado, a un líder despótico y, por el otro, al representante del materialismo puritano. La  primera reviste la fantasía a través de un comunismo represivo y la segunda, según los dictados del consumismo y el libertinaje desmedido.

Similitudes con la realidad

Condicionamiento social

Uno cree las cosas porque ha sido acondicionado para creerlas. – Un mundo Feliz

La medios y el consumo

Tanto en la distopía de Aldous Huxley como en las sociedades occidentales actuales respiramos un aire de ilusión delirante, envueltos en una fina bruma inestable y maleable que perfila una alucinación colectiva a gran escala. Un mundo onírico recreado a través de unos medios de comunicación sesgados, de una educación adulterada, de unas instituciones públicas al servicio del capital y de unos políticos de turno viciados por la mentira, la ambición y la codicia. Una (ir)realidad que nada tiene que ver con la verdad.

El hombre moderno vive bajo la ilusión de saber lo que quiere, cuando desea únicamente lo que socialmente ha de desear. Saber lo que uno realmente quiere no es cosa tan fácil como algunos creen, sino que representa uno de los problemas más complejos del ser humano. – Erich Fromm

Se nos inocula que cualquier alternativa al statu quo es imposible, meras utopías promocionadas por el populismo e instigadas por los perezosos; que no existe ninguna otra fórmula para alcanzar un estado de bienestar colectivo que no sea la búsqueda del interés individual, la competencia feroz y la deuda ad infinitum.  Y por ello, el ser humano institucionalizado actúa al son de esas premisas que se repiten, como un eco eterno, en el abismo de su mente. Anhela y ambiciona lo que socialmente le han condicionado a desear.

Panem et circenses

Se libran de todo lo desagradable en vez de aprender a soportarlo.  – Un mundo Feliz

En todo gran imperio inmerso en su fase más decadente, el Pan y Circo está  a la orden del día. Una crisis profunda de valores éticos y morales se vuelve endémica dentro de la sociedad. La individualidad entendida como el beneficio  particular por encima del bien común se establece como único axioma moral. Los abusos típicos de la avaricia, de la lujuria y de la gula inclusive inundan toda clase social hasta imponer el  culto de ídolos falsos como los nuevos arquetipos a emular.

Las armas de manipulación masiva

La cultura se banaliza, los valores tradicionales arraigados se corrompen, los vicios y los anhelos más profundos se normalizan, el libertinaje se confunde y se entremezcla con el concepto de libertad. Una sociedad embelesada por el influjo de las pasiones humanas es incapaz de afrontar dilemas trascendentales, simplemente los evita.

La novela describe un mundo pervertido en el que la humanidad asume con júbilo su esclavización. El uso del soma para invertir  el estado de ánimo, un entretenimiento tecnológico continuo, unos medios de comunicación propagandísticos y la promiscuidad como sustituto del amor degenera en un falso sentimiento de libertad, ya que la dicha y paz interior se encuentra completamente sometidas a estímulos externos.

Anulación de la frustración

La gente es feliz; tiene cuanto desea, y no desea nunca lo que no puede tener.  – Un mundo Feliz

Se tiende a pensar que las garantías inmejorables para ejercer un control total sobre una masa de individuos debe venir proporcionada por las técnicas de opresión y castigo de un estado represivo y totalitario, de un ente ajeno que ejerce un fuerza  externa sobre el objeto en cuestión. Sin embargo, no existe mayor sumisión que  el impulso interior de la propia aceptación de ese estado subordinado.

La Fe ciega las mentes

En esa sociedad feliz inventada, la frustración ha sido mitigada por la droga, el sexo y la distracción constante, algo que realmente suena muy familiar. Entretenimientos que apuntalan la fe ciega en el sistema. Mientras una dictadura mantenga su fuerza coercitiva y convicción inquebrantable en subyugar a la población en niveles de subsistencia, su dominio absoluto no se verá afectado. No obstante, en cuanto se relaje lo más mínimo y el individuo atisbe uno fino hilo de esperanza, la conspiración y el ansia por la subversión se manifestarán espontáneamente en las mentes de los ciudadanos más idealistas e impetuosos. Una vez alimentados por  esa ilusión, acabarán corroyéndolo poco a poco, palabra a palabra, pensamiento a pensamiento, hasta formar una corriente que ondeará los estandartes de la revolución  que lo desmantele.

Estabilidad o libertad

Pero yo no quiero la comodidad. Yo quiero a Dios, quiero la poesía, quiero el verdadero riesgo, quiero la libertad, quiero la bondad. Quiero el pecado. – Un mundo Feliz

He aquí el dilema. La estabilidad que obtenemos al abrazar el statu quo nos proporciona, a algunos, un vida más o menos cómoda, sin excesivos sobresaltos. Nos permite evadirnos de la problemática y del esfuerzo que supone cuestionarse la realidad que nos envuelve, asumir el mundo tal como es y escoger los compromisos que nos son facilitados para vivir  en consecuencia con éstos últimos. Liberarnos de toda responsabilidad para con el mundo y ser uno más dentro de una masa homogénea.

O, por contra, ejercer de verso suelto y exponerse -como los protagonistas Bernard Marx o Winston Smith- a los focos de los prejuicios y de las críticas de los demás, pero siempre fieles a uno mismo. Liberarse de las ataduras preestablecidas, de las creencias impuestas y de las ideologías prefabricadas, siempre guiados por el sentido común. Vivir con sobresaltos, disfrutar de la alegría y permitir la tristeza. Experimentar, dudar  y errar como metodología a fin de crecer y mejorar como seres humanos. Buscar adentro para perseverar afuera. Siempre confiando en que la vida nos guiará hasta donde nuestros límites físicos consientan.

Quizás debiéramos preguntarnos si realmente deseamos la verdadera libertad y todo lo que eso conlleva o, por el contrario, vivir cómodamente en nuestra ficción ajena  al mundo real.