Social Cooling: El Big Data te vigila

El Social Cooling y la autocensura

No hay ninguna razón para que un hombre muestre su vida al mundo. El mundo no entiende las cosas. – Oscar Wilde

Los datos nos delatan. No creemos los dueños exclusivos de nuestras reflexiones, de nuestros actos, de nuestros secretos e incluso de nuestros miedos más profundos, mas nada más alejado de la realidad, el Big Data ejerce de divinidad digital omnisciente eternamente vigilante y delatora. Toda acción digital que acometemos queda registrada en la red global; todo anhelo es incorporado a la gigantesca nube de datos a base de clicks y sintetizados por algoritmos analíticos; incluso ciertas dolencias o alteraciones en el organismo, como pueda ser un embarazo, pueden llegar a ser predichas debido a sutiles cambios –inconscientes o no- en los hábitos y tendencias de consumo detectados por la deidad predictiva interconectada. El rastro digital empaquetado como perfiles de consumo listos para  su distribución y comercialización a un módico precio.

Del Yo Digital al Social Cooling

La inteligencia artificial

La huella online determina el Yo Digital  de cada individuo. En base a patrones matemáticos sesgados, parciales e interesados –a imagen y semejanza de sus creadores- que toman como referencia datos inconsistentes, complejos, de interpretación múltiple e incluso falsos, se construyen  identidades y modelos de conducta que, por un lado, en la mayoría de las ocasiones  no se ajustan a la realidad estando profundamente segmentados y, por el otro, carecen del consentimiento de la persona en cuestión. Los algoritmos que moldean el mundo digital no son neutros y asépticos, y por lo tanto, se trata de una realidad fuertemente tergiversada e interesada.

La sensación de sentirse continuamente observado y rastreado puede ocasionar un cambio de conducta recurrente que a la larga se magnifique al conjunto de los ciudadanos. Que sea el propio individuo el que reprima el deseo de tomar excesivos riesgos o de ejercer su derecho inalienable de la libertad de expresión, es decir, que la sociedad se autocensure causando un efecto de enfriamiento social. Al igual que el uso de los combustibles fósiles precipita el calentamiento global, que la contaminación del medio ambiente desencadena enfermedades crónicas en los seres vivos, los datos masivos inducen  al Social Cooling.

Tus datos te delatan

Del mismo modo que el anonimato envalentona al ser humano, la notoriedad pública impulsa el efecto contrario. Cuando nos sentimos vigilados, activamos  los diversos mecanismos de alerta y normalizamos nuestro comportamiento. Por culpa del Big Data y de la interconexión digital, este efecto de atenuación se está potenciando a límites realmente preocupantes. Cualquier acción personal es rastreada y monitorizada desde que nos despertamos hasta que nos acostamos, incluido los ritmos circadianos del sueño en nuestro descanso. Todo es convertido en raw data lista para ser diseccionada  por programas  artificiales analíticos  hasta dejarla lista para el uso y disfrute de terceros.

Nuestro rastro digital se expresa en una ingente cantidad de datos en crudo que necesitan  de un proceso de  depuración y  tratamiento a fin de  ser convertidos en millares de rasgos  caracterizables y calificables que permitan definir perfiles de consumo, de comportamiento o predictivos inclusive. Una vez atomizados, son tratados por los agentes comerciales quienes obtienen patrones para predecir pautas de conducta que muchas veces nos son desconocidas.

La atomización del Big Data
La atomización del Big Data. Fuente: SocialCooling.com

Son capaces de perfilar la personalidad de un ser humano  cuantificando  su nivel de extroversión, de credulidad o si fuera más o menos persuasible como posibles inputs que alimenten mecanismos de venta personalizados para aumentar el ratio de conversión; las preferencias sexuales, políticas y religiosas a fin de filtrar –filtro burbuja– todo tipo de noticias o suministrarlas a terceros como en la reciente fuga de datos masiva de Facebook;  diferentes hábitos de vida del tipo fumador, bebedor, variedad de comida consumida e incluso la frecuencia del ejercicio físico orientados a los seguros de salud privados; los gustos, aficiones y pasatiempos de cara a  segmentar e identificar diferentes nichos de mercado a fin de preparar ofertas a la carta. Todo un arsenal de datos con el único fin de beneficiarse a nuestra costa.

La perversa reputación digital

It takes 20 twenty years to build a reputation and five minutes to ruin it. If you think about that, you’ll do things differently. – Warren Buffett

La reputación digital basada en los cómputos de algoritmos artificiales sesgados alimentados de información inconexa y muchas veces adulterada o fraudulenta  puede llegar a ser realmente perversa y contraproducente. Las personas están empezando a percibir cómo ésta es susceptible de limitar su radio de acción y restringir sus oportunidades. En el mundo de la inmediatez y de la reducción de costes, cualquier empresa estaría interesada en filtrar posibles candidatos investigándolos en las redes sociales o detectar clientes potenciales comprando masivamente perfiles de consumo en el menor tiempo posible. El rastro permanente digital lastra las posibilidades de actuación y por ende, la libertad. Y debido al ello, el derecho al olvido digital es tan necesario.

El mundo tecnológico  perverso de Black Mirror no está tan alejado de la actualidad como pueda parecer. Se está desarrollando y comercializando IA capaz de detectar tanto las emociones de un sujeto como características más específicas en relación al grado de honestidad, curiosidad y pasión en una entrevista de trabajo en base a su lenguaje facial. Software analítico que hace uso de procesadores de lenguaje natural, algoritmos computacionales lingüísticos, analizadores de texto y sistemas biométricos con el objetivo de extraer, cuantificar y examinar las características afectivas y sentimentales personales para determinar, por ejemplo, cuán positivos son los tweets de una persona.

Particularidades como una segmentación de género en relación a ofertas de trabajo mejor remuneradas que otras; a mayor cantidad de contactos en las redes sociales, más oportunidades remuneradasYoutubers escribiendo libros-  o incluso ventajas o inconvenientes económicos dependiendo de la calidad de tus amigos online. Cuántos más datos liberes en la nube, más dirigido estará tu destino.

La dictadura de la valoración

Al igual que en nuestra juventud, la valía viene dispuesta en formato numérico. Los resultados académicos  de un sistema rígido, obligatorio y totalmente politizado como lo es la educación secundaria determinan en gran medida el porvenir de un individuo a corto/medio plazo. Lo mismo sucede con la creciente costumbre de otorgar una puntuación a todo lo que pasa a nuestro alrededor, a las mismas personas inclusive. Esta tendencia podría provocar un cambio de comportamiento a escala mundial a fin de conseguir mejores calificaciones como mejoría del reconocimiento social, una evasión y aversión creciente a decisiones arriesgadas, ser más políticamente correcto o la autocensura como costumbre en un mundo cada vez más comedido e insípido, y mucho menos humano.

La duda

El error y la duda no están bien vistos en la sociedad contemporánea. No obstante, son los dos principios fundamentales para el progreso de la raza humana. Se está consolidando una cultura de conformidad y censura auto-impuesta. Dejamos de opinar, de discutir distintos puntos de vista en pos de un mejor entendimiento o incluso de realizar actividades sociales al riesgo de ser rastreados digitalmente o tagueados en alguna foto. En definitiva, nos rebajamos y alejamos de nosotros mismo en público.

Si no permanecemos alerta, ciertos gobiernos coercitivos podrían implantar mecanismos basados en valoraciones para el control social masivo. El estado chino ha creado un sistema de “crédito social” que puntúa la integridad y lealtad ciudadana para con el estado almacenando esa información en bases de datos gubernamentales. Recopila información sobre cada ciudadano en relación a su comportamiento en las redes sociales. Registra datos de personas sobre si están al corriente de sus obligaciones tributarias y privadas, sus registros criminales, sus hábitos de consumo e incluso sus relaciones sociales sintetizándolos en un citizen score. Un uso de la reputación digital para limitar el alcance de la acción ciudadana, maximizar la capacidad operativa de respuesta estatal y mitigar las protestas sociales. La presión social como forma sutil de control y rigidez digno del Gran Hermano de 1984 de George Orwell.

Cuestiones no tan triviales

La puntuación pública indiscriminada acota tanto la libertad  de acción y expresión como el propio desarrollo humano. En el error, vástago del riesgo, y en la diferenciación  es donde radica la semilla del progreso. La captación masiva de datos con objeto de usarlos para modelar perfiles de conducta necesita ser puesta a examen y elevada a debate público.

Filosóficamente hablando, el Big Data es susceptible de generar sociedades estandarizadas y poco dinámicas donde la falta de espíritu crítico,  de diversidad y disidencia estén a la orden del día. No solamente el ciudadano de a pie debería preocuparse por el uso de sus datos personales recopilados por agencias gubernamentales o empresas privadas, sino también por el acceso y robo malintencionado de éstos por terceros. El Gran Hermano no es el único enemigo, nuestros vecinos podrían hackearnos. Acceder de manera ilegal a los datos privados de individuos es cada vez más sencillo, es el oro digital deseado tanto por la industria como por los piratas de la red. La sociedad en su conjunto debería tomar conciencia sobre los riesgos conjuntos de la tecnología, la vigilancia extrema, la falta de privacidad y el poder que todo ese conlleva. ¿Es compatible un modelo de negocio basado en el control y supervisión masiva con un mundo libre?

La información es poder. Tanto el poder económico como el estatal y el criminal la desean, suspiran por ella, su supervivencia depende de ella, incluso matarían por ella. Los estados gastan sumas ingentes de dinero público en vigilar a sus ciudadanos en pos de la seguridad nacional y por extensión, de la libertad. Un aforismo muy orwelliano. ¿Es posible que una sociedad donde cada palabra es grabada, donde cada acción es registrada, donde cada pensamiento es predicho sea capaz de evolucionar?

Y para acabar, una cuestión puramente económica. ¿Acabará el Big Data por socavar la creatividad de sus ciudadanos? No hay progreso sin riesgo, no hay destrucción creativa sin diversificación. El capitalismo necesita reinventarse constantemente a fin de aumentar un día tras otro su productividad para así  seguir creciendo y mantener su capacidad adaptativa, precisa de innovación continua para no perecer. Las personas divergentes y que asumen riesgos son las que alimentan el progreso y mejoran el mundo en el que vivimos. Y en este sentido, en un entorno donde los algoritmos estén constantemente juzgando cada acción que realizamos, almacenando cada fallo que cometemos desalienta el emprendimiento, la osadía y el atrevimiento.

La privacidad y el derecho al olvido es lo que nos permite ser nosotros mismos, tenemos derecho a ser imperfectos, tenemos derecho a ser humanos, tenemos derecho a querer cambiar el mundo.