La exaltación de la banalidad

Secuestrados por la banalidad

No hay nada más terrible, insultante y deprimente que la banalidad. – Antón Pávlovich Chéjov

Hoy en día la banalidad está institucionalizada, rebosa por cada poro de nuestra piel como si del perfume de la gloria se tratara. Un maravilloso hedor para el indecente e insoportable para el  digno. Se infiltra  sutilmente  dentro del organismo incauto antes siquiera de su completud intelectual en lo más profundo del subconsciente. Espera paciente, infectando cada vínculo sináptico de su  ponzoña acomodando pausadamente al huésped  al  miasma  de la zafiedad, a la normalización de la laxitud moral.

La indecencia, entonces, se torna rutinaria. Nos inunda de una neblina casi imperceptible donde la desvergüenza es premiada y la honradez hostigada. Aparece en los medios de comunicación, en los programas televisivos, en las palabras de los héroes modernos y en el comportamiento, que se presupone ejemplar, de los responsables públicos. Su putrefacción omnipresente nos consume allá donde estemos. Nos tapamos lo ojos a sabiendas, nos obligamos a mirar hacia otro lado, aceptamos el camino del auto-engaño, de la indolencia y la desfachatez a la ardua carga que conlleva la integridad, la honestidad y la perseverancia.

¡Así somos! Decimos justificándonos, está en nuestra genética. ¡Como si naciéramos condenados por el mismísimo dios de  la inmoralidad! Qué se puede esperar de una sociedad donde la ignorancia es equiparable a la felicidad, donde pavonearse de incultura  es la tendencia, donde los corruptos gobiernan y los justos obedecen. La vulgaridad se extiende  por cada estrato, por cada clase, por cada estamento corrompiéndolo todo a su paso.

Banalidad en la cultura y el arte

Vivimos  en la civilización del espectáculo. La cultura y las artes se convierten en un divertimento cuyo único propósito es el de entretener bajo demanda al mejor postor.  El rédito personal como fin último de este capitalismo indecente se ha adueñado de la  expresión creativa del arte y de  la actitud crítica de la cultura hasta rebajarlos a meros artículos de feria superficiales e intrascendentes.

la sociedad artificial

El valor cultural se ha mercantilizado íntegramente en valor de cambio, ha sido prostituido  orientándolo puramente al mercado. Si las convertimos únicamente en objetos de diversión quedan desligadas de su verdadera función, la de personificar las diversas idiosincrasias de una sociedad multicultural, la de ejercer una visión crítica respecto al mundo en el que vivimos, la de representar los valores morales de una época en concreto. Desvincularlas de su naturaleza humanista  desgasta el sentido de integridad y compromiso colectivo y desvirtúa la percepción de la realidad que nos rodea. La tolerancia, la igualdad, el respeto y la justicia quedan debilitados.

La cultura ejerce de némesis del statu quo. Su importancia no radica únicamente como método divulgativo multiplataforma del contrapoder sino como dique preventivo a la progresiva idiotización de la sociedad. El gran riesgo de la banalización generalizada no es la carencia total de estética, de armonía  o de excelencia inclusive, no es la pérdida de perspectiva  respecto al esfuerzo y la perseverancia como verdadera recompensa, ni tampoco la falta de respeto al trabajo bien hecho hacia uno mismo y  al resto de la sociedad,  sino más bien la amplificación de una indolencia y una indiferencia generalizada.

Intercambiar libros por pantallas es reemplazar el impulso natural de la curiosidad y de la imaginación por la desidia intelectual, sustituye el deseo de crear por el ansia de consumir. La distracción constante genera individuos pasivos, pusilánimes, subdesarrollados creativamente e intelectualmente con efectos visibles en las artes, la literatura, en las ideas y el pensamiento. El aburrimiento es la chispa  del intrépido y, por ende, del progreso.

Banalidad en la sociedad

La banalidad se ha adueñado de la mente de los jóvenes. Los héroes contemporáneos idolatrados en la actualidad nada tienen que ver con los responsables de proezas extraordinarias de antaño, con los intrépidos exploradores de mundos aún desconocidos, o ni siquiera con los maestros artesanos recreadores de obras imposibles de una belleza indescriptible.

la cultura de la banalidad y de la frivolidad

Más bien son reemplazados por  vulgares personajes de la farándula más casposa que se vanaglorian de su incultura, por falsos intérpretes cuyas composiciones relatan sus experiencias más transcendentales denigrando al género opuesto, o incluso por  postulantes a político replicándose como una plaga en los puestos más reservados de poder jactándose de su incompetencia y desvergüenza. Los ídolos, como modelos ejemplarizantes de conducta y acopio de virtudes, se han despeñado por  el pozo de la  decadencia.

A las nuevas generaciones solamente les interesa estar entretenidas, embebidas en sus realidades digitales. No les estimula la lectura de una buena novela, no disfrutan de un intercambio directo de opiniones con sus conocidos, repudian cualquier forma de introspección o contemplación, se mueven por el mundo sin reflexionar sobre la sobresaturación de estímulos que les asaltan a diario. Simplemente los engullen sin masticar, los sintetizan sin filtro alguno. Los incorporan a su torrente sanguíneo permitiéndoles actuar a su libre albedrío como anticuerpos descabezados batallando  contra la pandemia  de la dura realidad, esa que revela un futuro difícilmente esperanzador, una modernidad líquida  en la que ya nada es sólido ni seguro, todo es dinámico, inestable e incierto como reflejo cristalino del mundo virtual que se han fabricado. La generación de lo inmediato vive sin esperanza anclada a un realidad irreal.

Banalidad de la política

Ahí donde se espera un compromiso firme y duradero para con la ciudadanía  y una integridad inquebrantable, los corruptos son legión. El verdadero valor de la política se ha pervertido al convertirla en un trabajo más para toda la vida, en una carrera laboral como cualquier otra donde los cargos de responsabilidad se van heredando según los  apellidos, linajes de alta alcurnia intercambiándose los sillones una generación tras otra. No hay nada más acertado que afirmar que los responsables políticos son un reflejo de la sociedad a la que representan.

En la antigua Grecia, la gestión pública se consideraba tanto un enorme honor como una obligación ex nativate, un servicio para con  los conciudadanos donde los cargos públicos eran elegidos por sorteo. Método de asignación fundamentado principalmente en la condición de ciudadano, y no en la popularidad ni en el patrimonio, ni siquiera en el mérito. Un uso cuyo fin era el de evitar la corrupción así como formar individuos más preparados y comprometidos con el entorno. La experiencia democrática, según Aristóteles, suponía «gobernar y ser gobernado por turnos».

Los payasos de la política

Lamentablemente, hoy en día, la política, como el arte o la cultura, se ha convertido en un espectáculo dantesco. Las campañas electorales se transforman en un mercadillo de idearios utópicos donde las trampas del marketing influyen más que las buenas propuestas y la conveniencia de los programas electorales, donde la persuasión y la exaltación de las emociones le ganan la partida al intelecto. No se puede dejar la política exclusivamente a los políticos profesionales sin que ésta se banalice, se deteriore y se pervierta. Al final, como mera representación teatral, el mejor actor, el mejor fantoche, incluso el mejor payaso es el que seduce y se adueña del alma de las multitudes.

La mentira es condición sine qua non​ para erigirse cargo público. Es realmente fascinante el nivel de desfachatez, de cinismo y desvergüenza que destilan los responsables públicos de turno. Acostumbrados desde la niñez a privilegios exclusivos, en su vida adulta desarrollan un sentimiento de supremacía y pertenencia  a  una estirpe superior. Realmente están convencidos de que las instituciones públicas les pertenecen, que son su legado de nacimiento, que pueden hacer y deshacer a su antojo en su favor personal y el de sus allegados y así, a medida que sus patrimonios van in crescendo, el efecto goteo –trickle down economics– acabará transfiriendo cierta riqueza  hasta la masa social. Justificando así sus vidas de excesos, de abundancia e indecencia como meras concesiones de la plebe hacia una entidad superior, casi divina. Como vemos, la supremacía elitista de clase y el neoliberalismo van de la mano.